3 – La proposición (C45)

fumando

John  Shulz entró en el portal de su oficina-vivienda con la conversación mantenida hacía poco dándole vueltas en la cabeza.
Si reparó en el agradable y costosísimo perfume de mujer que se podía percibir en todo el inmueble no dio muestras de ello. Pero al llegar al rellano de su piso, algo le hizo desenfundar su arma y avanzar con cautela por el pasillo. La luz que podía observarse en todo el pasillo procedía de su despacho.
Sin hacer ruido, quitó el seguro del arma y esperó hasta que algún sonido delatase quién se encontraba en el interior de su apartamento.

Solo percibió una suave respiración en el interior y algo parecido a una exhalación. ¿alguien fumando quizá?.
Con cautela se asomó al cristal y percibió una figura agachada o sentada. Entonces reparó en el empalagoso perfume. ¿Una mujer?.

– No sé qué estás haciendo ahí dentro pero quiero que pongas las manos en alto y a la vista. Estoy armado. – Grito Shulz.

Ningún movimiento nervioso. Nada que pudiera delatar a un salteador.

– Antes de levantar las manos, ¿Me permite apagar la colilla de mi cigarrillo?, no quiero mancharme  la estola de ceniza.
La voz  sonaba extrañamente tranquila, como de alguien que tenía la situación bajo control.

– ¿Quién es usted? – preguntó el detective.

– Amanda Dalton – dijo suavemente la mujer. – No estoy armada y no hay nadie más conmigo, ¿suficiente?.
– Puede pasar, con lo único que podría matarle en este momento es con mi conversación.

El detective asió el pomo con la mano izquierda y, mientras abría la puerta, mantuvo el arma preparada en la derecha.

Lo que apareció ante sus ojos a continuación le dejó perplejo:

La mujer estaba sentada y reclinada indolentemente sobre el respaldo de la silla. Dos piernas cruzadas, larguísimas, enfundadas en oscuras medias de seda y rematadas en unos caros zapatos, de tacones afilados de notable tamaño, apuntando hacia donde él se encontraba.
El pelo, del color del trigo maduro, había sido peinado en un elegante recogido culminando por un delicioso tocado negro.
El rostro bello, como delicadamente esculpido en el más blanco mármol de Carrara. Los ojos, perfilados en negro azabache, de un inquietante color gris.

Todo su atuendo  se adivinada adquirido en las mejores boutiques de la ciudad: El vestido ajustado y sexi, pero sin resultar vulgar en absoluto. La estola, color caramelo, cubriendo convenientemente los hombros y el escote.
Las manos, delicadas y elegantes, propias de una mujer acostumbrada al lujo y todo tipo de cuidados. La izquierda sujetando un cigarrillo casi consumido, la derecha descansando con elegante gesto sobre el brazo de la silla.

– “Una muñeca de categoría” – pensó Shulz – “o es mi día de suerte o están a punto de joderme  bien”- . dedujo.

– ¿Y bien, Mr. Shulz, va a bajar el arma o tendré que soportar ese cacharro delante de la cara mientras continúe hablando con Ud.? -.

El tono de la mujer mostraba un deliberado sarcasmo carente de todo temor.
De repente el detective reparó en que seguía apuntando a su elegante y hermosa visitante con el arma.

– “Estaba mirando a la boca de un cañón de una 45 sin pestañear” – Pensó el detective apartando el arma, poniendo el seguro y guardándola en la funda bajo la chaqueta. – “O es estúpida o tiene unas pelotas del tamaño de Montana” – Concluyó.

– Mucho mejor así, ¿ve?, no voy armada. se levantó lentamente y retiró con elegancia la estola que llevaba sobre los hombros, dejándola caer hacía atrás y descubriendo un hermoso cuello y un escote lo suficiente generoso como para dejar entrever un torso de lo más sugerente. Ahora que estaba de pié el oscuro vestido se ajustaba de forma provocadora a unas curvas de vértigo. –

– ¿Satisfecho o necesita cachearme? – dijo la bella visitante con un sonrisa cómplice.
Desde luego aquel atuendo dejaba pocos sitios para esconder un arma.

– ¿Qué desea usted? – dijo el detective apenas recuperando la compostura.

– A usted – dijo la mujer – o mejor dicho, sus servicios – Ambas afirmaciones sonaron igual de insinuantes.

– Siempre que esté hablando con el sargento John Shulz- inquirió la elegante fémina volviéndose a colocar la estola sobre los hombros.

– Soy Shulz, pero ya no llevo placa- aclaró el detective.
– Siéntese por favor. –  Sonó más a orden que ha sugerencia, mientras él mismo se sentaba tras el escritorio.

– ¿Le he inquietado, Mr. Shulz? – dijo Amanda Dalton mientras sacaba otro cigarrillo de una pitillera de plata y se lo colocaba distraídamente entre los labios .

El detective extrajo un encendedor del bolsillo de la americana, lo encendió  y lo acercó al cigarro de la dama.

– No esperaba visitas, eso es todo – atajó el veterano detective. – mientras prendía el cigarrillo

– Ya veo – dijo Amanda Dalton  sin dejar de sonreír con picardía- y, no se preocupe, sabía que ya no era policía. Me pareció una forma cortés de dirigirme a usted.
– Por cierto, ¿Puedo llamarle John?

– De momento no tenemos ese nivel de confianza Señora – apostilló el detective mientras devolvía el mechero al bolsillo – ni creo que vayamos a tenerlo en un futuro próximo – añadió de la forma más educada que pudo.

– Como quiera Mr. Shulz. Guardemos las distancias entonces – dijo la visitante encogiéndose de hombros.

– Aún no ha contestado a mi pregunta, señora. – dijo secamente el detective.

La elegante fémina miró inquisitivamente a Shulz como si intentara averiguar de qué pasta estaba hecho aquel individuo.
Sonrió afablemente mientras extraía un sobre del bolso y lo depositaba encima de la mesa.

– En ese sobre hay dos mil dólares, Mr. Shulz. Un adelanto por sus servicios. ¿Le interesa? – dijo suavemente la dama.

Shulz no aparto la mirada del rostro de la mujer. Si estaba impresionado no lo manifestó.

– Depende – dijo con frialdad.

A Pesar de haber ingerido una generosa cantidad alcohol durante toda la tarde en Melody´s , un sexto sentido le mantenía alerta.
Con solo cuarenta pavos en el bolsillo y el alquiler pendiente, entre otros gastos, aquel dinero representaba un interesante aliciente. Pero dos de los grandes no eran fáciles de ganar en aquellos difíciles tiempos, y menos de forma legal.

– ¡Oh! cuanta suspicacia-  dijo fingiendo despecho Amanda Dalton – No se preocupe, detective, no es nada para lo que usted no esté preparado.- Otra vez el tono insinuante.

– Eso lo decidiré yo, señora – sentenció el curtido detective -hable.

– Muy bien-  dijo Amanda Dalton, esta vez en tono más serio. – Se trata de vigilar a un hombre, saber con quién habla, qué hace por las noches, con qué zorras se acuesta y conseguir pruebas de todo eso. Lo habitual.

– ¡Ya!, solo que si el hombre a vigilar es Virgil Thomson la cosa no es tan habitual, ¿No? Señora Thomson? . ¿O que cree?, ¿que un ex-policía, lisiado y con un inmundo despacho en la peor cloaca de la ciudad no lee la prensa?.

Amanda Thomson miró interesada al serio detective. Ni un gesto, ni una señal de sorpresa o enojo. Un ligero movimiento en sus ojos color gris fue lo que terminó delatando que el detective había dado en el blanco.

– “Supongo que el detalle de las iniciales A.T. en la pitillera te ha terminado de confirmar mi identidad” – pensó la elegante mujer mientras sonreía para sus adentros.

–  ¿Cómo debo interpretar eso. Acaso no está interesado, Mr. Shulz? – Pregunto la dama  en tono neutro  mientras ponía la mano sobre el sobre.

– Yo no he dicho tal cosa, señora.- Ahora un centelleo malicioso se manifestaba en los ojos otrora vigilantes del detective
– Pero no estoy interesado en su dinero sino, más bien, en el sujeto en cuestión. Se trata de un asunto personal.

– Veo que ya ha tenido tratos con mi querido esposo en el pasado- Inquirió indolentemente la Señora Thomson.

– Supongo esta visita no obedece al azar, ¿o me equivoco?,  Madame – dijo con sarcasmo el detective.

– ¡Oh! pero si habla idiomas y además sabe sumar dos más dos. Dios mío, creo le había infravalorado.- dijo con ironía la señora Thomson.

– Mire, déjese de juegos conmigo, señora, – estalló el detective – los dos sabemos que su marido es el responsable de mi actual estado de incapacitación, causante de mi, digamos, desgracia y que, desde antiguo, no es que sintamos una especial simpatía el uno por el otro. Pero si pretende que le dé pasaporte creo que se ha equivocado de hombre – dijo dando un puñetazo sobre la mesa que hizo saltar el cenicero por los aires
– Quizá ya no sea policía pero todavía tengo principios.

Sin inmutarse por la violenta reacción de Shulz, Amanda Thomson miro directamente a los ojos grises del azorado detective y vio muchas cosas en ellos: rabia, frustración, auto-destrucción…, y, desde luego, grandes deseos de venganza, pero al más puro estilo llanero solitario.

– ¿Por qué cree que quiero que mate a mi marido?- Inquirió la señora Thomson.

– ¿No es obvio?- dijo el detective – Contrata a un individuo al que su marido debe su ruina y le facilita los medios para vigilarlo. Con esos recursos estudia sus costumbres: dónde se mueve, a quién frecuenta y cuándo.  Entonces, en un momento de ira, el desquiciado y alcoholizado detective pierde el control, va a por él y se lo carga. El típico caso de asesinato por venganza. Móvil y ocasión, un caso de manual.
Ya sé cómo andan las relaciones entre ustedes dos y, no, muchas gracias, prefiero no tomar parte. – Zanjó el detective.

Amanda Thomson calló durante un largo espacio de tiempo. Quizá transcurrieron un par de minutos antes de que se produjera un solo movimiento en la habitación. En ese lapso el humo del cigarrillo que la dama sujetaba entre los dedos entorpecía la visión que el detective tenía de la mujer, que seguía sentada al otro lado de la mesa.

Lentamente el fuego, que había ardido con furia en los ojos del detective, se fue consumiendo. Por el contrario, los inquietantes ojos color grises de la dama parecían brillar con una intensidad antinatural.

– Bueno – concluyó al fin la elegante visitante – creo que esta conversación ha llegado a su fin.
-Mr. Shulz, lamento haberle hecho perder su valioso tiempo – dijo sin ni un atisbo de ironía o rencor.
Recogió el sobre y apagó el cigarrillo sobre la mesa, dónde antes había estado el cenicero.

Amanda Thomson  se levantó con elegancia de la silla, se ajustó la estola y se dirigió a la puerta.
Shulz pudo apreciar su hermosa figura enfundada en el elegante y ceñido vestido, así como un hipnótico  movimiento de caderas antes de que la mujer se dispusiera a atravesar el umbral.
– Por cierto – dijo deteniéndose y sin volverse,  segura de que tenía  sobre ella la atención del hombre. – Ha malinterpretado completamente mis intenciones, detective.
Y, a continuación, Amanda Thomson desapareció en la penumbra del pasillo mal iluminado.

Shulz permaneció largo rato sentado mirando en dirección a la puerta entreabierta, oyendo como la señora Thomson se alejaba por el pasillo . Lentamente bajó la mirada y descubrió que uno de los cajones de la mesa de despacho estaba entreabierto.

– “Así que la elegante señora Thomson ha estado curioseando un poco antes de que yo llegara” – Pensó con malicia.

Terminó de abrir el cajón y encontró la botella de Whisky en su sitio. La sacó y se dispuso a servirse un trago.
Pero al extraer el vaso que estaba en el mismo cajón encontró una tarjeta pegada en la base.

A pesar del cerco que había dejado el vaso, aún podía leerse – “llámame cuando cambies de opinión” , “por cierto, cambia también de marca de whisky.  Esta es espantosa”-   escrito en una bonita letra de mujer.
En la otra cara de la tarjeta, e impreso en elegantes caracteres, podía leerse: “Amanda Thomson” y un número de teléfono.
Entonces John Shulz reparó en que había una evidente marca de carmín impresa en el borde el vaso. Una marca que perfilaba con toda nitidez los labios de una mujer.

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