5 – Abordaje (C45)

Maratx11

El “Carpatia” era un vapor capaz de desplazar cuatro mil toneladas.
Desarrollaba una velocidad máxima de diez nudos y contaba con una tripulación de 29 hombres.

Construido en los astilleros Blohm & Voss, de Hamburgo,  por encargo de la naviera Katarina Virta & Co., fue botado en 1898 para cubrir la ruta comercial entre San Petersburgo  y la costa este de Estados Unidos, realizando escalas en varios puertos finlandeses (entonces territorio del imperio ruso), suecos, daneses y norteamericanos.

El navío contaba con una bodega de carga principal para el transporte de mercancías y varios compartimentos ideados para otro tipo de “carga”.
Desde su botadura, el  “Carpatia” había transportado todo tipo de mercancías, desde productos agrícolas hasta maquinaria y, por supuesto, armamento.

En aquellos tiempos convulsos, Finlandia había padecido los efectos, no solo de la revolución rusa, sino también de su cruel guerra civil posterior.
Como consecuencia, el “Carpatia” había pasado de ser una propiedad privada, a una del estado (o del pueblo, según la propaganda bolchevique), para terminar siendo gestionado por una cooperativa particular de armadores constituida tras la recién adquirida independencia del país.

Durante todo ese tiempo, Karl Toivonen había capitaneado el mercante, soportando, junto a su tripulación, los embates de la cambiante fortuna, adaptándose a las circunstancias y sorteando los vaivenes resultantes de los frecuentes cambios políticos y militares en la región.

Hijo y nieto de marinos, Toivonen conocía aquellas aguas como el patio trasero de su casa, lo cual resultaba especialmente útil si se pretendía resultar “invisible” a los ojos de las autoridades navales, y en especial de sus patrulleras.
Eso y algunas sumas de dinero conveniente distribuidas entre los bolsillos de varios funcionarios, cuya honestidad resultaba cuestionable, permitía a capitán y tripulación obtener jugosos ingresos extra violando bloqueos navales o transportando, junto a la carga declarada, otra no tan “legal”.

Había transcurrido casi un día desde el dramático rescate de los militares pro-zaristas.
El “Carpatia” navegaba frente a la ciudad costera de Kaliningrado cuando el acorazado soviético “Petropavlovsk ” interceptó al mercante en plena ruta, ordenando, mediante señales, parar máquinas para ser abordados.

Aunque se trataba de una situación altamente irregular, no hubo objeción alguna para acceder a lo que se les ordenaba desde el navío de guerra.
La batería de proa y las dos de proa, con tres piezas de artillería de 305 mm .cada una, desaconsejan cualquier protesta.

No se sabía cuál era el motivo de aquella maniobra pero, preventivamente, Toivonen había ordenado, casi a continuación del dramático rescate que, salvo en contadas y necesarias ocasiones, los supervivientes no abandonasen uno de los compartimentos secretos del navío que había sido acondicionado para acoger a los náufragos.
El registro del número que los náufragos  exhibían en su brazo izquierdo, así como las pertenencias de estos fueron, también debidamente ocultados .

Por su parte, tres de los cuatro supervivientes habían manifestado una mejoría notable de su estado físico en las últimas horas.
Toivonen no podía imaginar las inhumanas condiciones que aquellos hombres habrían tenido que soportar  para que el confinamiento en una cámara de apenas cinco metros de largo por tres de ancho y poco más de altura, deficientemente ventilada y sin luz natural, resultase suficiente para que mostraran semejante recuperación.
Sin embargo el más anciano de los cuatro supervivientes no había salido de su estado de inconsciencia.
A pesar de los cuidados de la tripulación, el mermado militar languidecía lentamente. No había podido ser alimentado y apenas había admitido algo de líquido. Varias de sus heridas se habían infectado y la fiebre le estaba consumiendo.
La mayor parte del tiempo el enfermo era velado por algún miembro de la tripulación en una de las pocas estancias libres que disponían de ventilación y luz natural. Pero cuando el “Petropavlovsk ” anunció el abordaje, el anciano moribundo fue trasladado rápidamente junto a sus compañeros.

La lancha procedente del  navío soviético llegó al costado de estribor del “Carpatia” y varias escalas fueron lanzadas desde cubierta.
Una docena de infantes de marina, completamente pertrechados, subieron ágilmente por ellas, siendo ayudados, en el último tramo, por la propia tripulación del mercante.

Una vez a bordo el oficial al mando solicitó la presencia del capitán del buque.
Se trataba de un joven teniente, de rostro impasible, cuya gélida mirada recorrió con desdén la cubierta del mercante desde la proa hasta el castillo de popa. El resto de la tropa formó tras él no bien hubo alcanzado la cubierta el último hombre.

– Soy Karl Toivonen, capitán del “Carpatia”, ¿En qué puedo ayudarles? – dijo ofreciendo su mano para que el oficial ruso la estrechara.
Este ignoró el gesto amistoso de Toivonen y continuó con el escrutinio del mercante mientras hablaba con suficiencia.

-Necesitamos revisar la carga, el plan de ruta, una relación de los tripulantes y la bitácora de este buque.
La palabra “buque” sonó con cierta sorna en los labios del militar, o al menos eso le pareció a Toivonen, pero aparentó no haber captado el matiz irónico.

– Por supuesto- dijo Toivonen, retirando la mano – Quizá si me confiara lo que busca podríamos agilizar este trámite – añadió cortés el capitán.

– Lo que buscamos no es de su incumbencia – dijo secamente el ruso – limítese a facilitarme lo que le he pedido y a no obstaculizar mi labor.
El teniente dio una orden seca y los militares formaron dos grupos, quedando el oficial y un suboficial aparte.

– Lavrov, usted y sus hombres se quedarán en cubierta custodiando a la tripulación – ordenó el oficial ruso.
El grupo de cinco hombres caló bayonetas y se dispuso a cumplir la orden del teniente.

– ¿Dónde se encuentra el resto de la tripulación? – dijo el oficial ruso dirigiéndose a Toivonen.

– Además del maquinista y su ayudante en la sala de máquinas, el primer oficial se encuentra al timón.
A pesar de su aspecto arrogante, el teniente soviético conocía bien su oficio. Sabía que no convenía desatender completamente un buque con las máquinas paradas en aquellas aguas traicioneras.
Estudió los ojos del capitán en busca de falsedad pero no pudo hallarla.

– Serkin, usted y sus hombres registrarán hasta el último rincón de este cascarón – dijo de repente el oficial sin apartar los ojos de los de Toivonen. – y anotará el nombre de los tripulantes que no están en cubierta- Añadió-.
El aludido y sus hombres se colgaron los fusiles al hombro y se pusieron en movimiento, desapareciendo por una de las escotillas del castillo de popa.

– Ivanov, acompáñenos al capitán Toivonen y a mí – dijo al suboficial que se encontraba junto a él.
– Por favor, capitán, muéstrenos lo que le he pedido – dijo con falsa amabilidad el oficial ruso.

A pesar de su experiencia en situaciones como aquella, un escalofrío recorrió la espina dorsal del curtido marino.
Quizá el tono glacial y autoritario de aquel joven oficial, o el hecho de que todo un acorazado soviético se hubiera tomado la molestia de interceptar su modesta nave…
Lo cierto es que aquella situación se le antojaba muy peligrosa para sus intereses y para su propia vida.
Si lo que los malditos soviéticos andaban buscando era a sus “huéspedes” la suerte de la tripulación del “Carpatia”, incluido su capitán, discurría por el filo de una navaja.

Los militares soviéticos registraron el “Carpatia” a conciencia, y, en especial, su carga. Parecían estar muy interesados en averiguar si transportaban, o habían transportado, utillería y/o maquinaria de cualquier tipo durante aquella travesía.
En aquella ocasión el carguero transportaba pieles y vodka fundamentalmente, aunque también había infinidad de pequeños envíos de modestas compañías manufactureras finlandesas dirigidos a comercios especializados en los Estados Unidos: prendas típicas, abalorios, pequeñas figuras talladas en hueso….

Se pasó lista a toda la tripulación y se comprobaron las fechas de embarque en cada caso. Los rusos parecían buscar, sobre todo, a ciudadanos letones. Pero, aunque existía una verdadera comunidad multi-nacional a bordo del “Carpatia”, lo cierto es que ningún tripulante procedía de esa región del Báltico.

El escrutinio del plan de ruta y el cuaderno bitácora tampoco parecieron aportar nada revelador a los rusos. Aparentemente las escalas realizadas a lo largo de la ruta se ajustaban a las exigencias soviéticas.
Aún así, se revisaron y comprobaron cada una de las anotaciones que aparecían en el diario de a bordo.
Ni que decir tiene que cierto episodio acontecido recientemente apenas ocupaba una somera mención, omitiendo, oportunamente, aspectos que en ningún caso debían llegar al conocimiento de las autoridades soviéticas.
Aún así, cuando el suboficial Ivanov, que parecía entender sin problemas la lengua materna de Toivonen, reparó en la anotación del naufragio del supuesto carguero noruego, su gesto cambió del aburrimiento más absoluto a una ligera sorpresa. Arqueo una ceja y volvió a leer ese pasaje concreto del diario de a bordo.

– Señor – dijo dirigiéndose a su superior – aquí hay una referencia sobre un posible naufragio frente a la costa finlandesa – añadió en tono monótono.

El envarado oficial miró, primero a su subordinado y después al capitán del “Carpatia” – ¿Un naufragio? – inquirió escuetamente.

– Si, – admitió Toivonen encogiéndose de hombros. – Fue ayer.
–  Encontramos parte del aparejo de un pequeño carguero. Por el estado en que se encontraba supuse que se trataba de un naufragio – dijo.

Los dos militares se miraron significativamente.
– ¿Ayer, dice? – Pregunto el oficial. – no hay constancia oficial de ningún incidente en la zona . – La afirmación del militar parecía sincera, sin embargo el gesto del suboficial Ivanov dejó claro de que su superior disponía de más información de la que estaba compartiendo, mucha más.

– Como ya he dicho se trata de una conjetura sin fundamento.- dijo Toivonen  -En todo caso el registro de la zona resultó estéril. Ni restos de la carga, ni supervivientes. – Añadió aparentando no conceder importancia al asunto.

El Teniente ruso volvió a concentrar su gélida mirada en los ojos del capitán del “Carpatia”, pero esta vez algo hizo ponerse alerta al finlandés.

-¿Informó a las autoridades locales del hallazgo? – Inquirió el militar, utilizando una cadencia inusualmente lenta y neutra al formular la pregunta.

– No lo consideré necesario. – Respondió un cada vez más alarmado Toivonen, pero sin expresar  su creciente desasosiego.

– ¿Por qué? – preguntó el ruso.

– No había suficientes restos para considerar que se tratara de un naufragio- mintió, -además, ni siquiera sabemos de qué navío se trata. Puede que ese buque naufragara hace semanas o meses. Puede, incluso, que lo hiciera en la otra punta del báltico, como sabe en esa zona las corrientes son muy fuertes. Puede que simplemente perdiera esa parte del mástil en una tormenta. Toivonen intentó ser lo más convincente posible, pero aquella conversación estaba escapando a su control.

El militar soviético se puso en pié y se dirigió lentamente a los ventanales del puente que daban a la cubierta del barco.
Durante unos segundos, que al capitán del “Carpatia” le parecieron interminables, el teniente Dimitriev, Infante de marina condecorado y veterano de la gran guerra pese a su juventud, contempló el grupo de hombres que se encontraba unos metros más abajo.
Sentados en cubierta, mirando al suelo con gesto resignado y vigilados por hombres armados, la tripulación del “Carpatia” tenía el aspecto de un puñado de prisioneros de guerra a la espera de conocer su suerte.

– Capitán- dijo por fin suavemente – No creo ni una palabra de lo que me ha contado- El tono del militar sonó glacial. – No obstante y, aunque observo numerosas y enormes lagunas en esa historia, no es ese asunto el que me ha traído a su barco -.

El joven oficial seguía mirando por los ventanales del puente dando la espalda al capitán Toivonen, cuyo rostro había perdido repentinamente el color.
– Esos hombres de ahí abajo dependen de usted, capitán. Griegos, rusos, finlandeses, Italianos, alemanes…, todos sin excepción comparten la suerte a la que Ud. les ha conducido.

Sea cual sea la verdadera historia de ese naufragio y sus consecuencias, espero, por su bien, que tenga en cuenta la responsabilidad de sus actos para con sus hombres y para con usted mismo.

El militar sacó de su funda el revólver  que portaba. Se trataba de un Nagant M1895, el arma reglamentaria entre la oficialidad naval rusa.
En presencia de un aterrorizado Toivonen, extrajo sin prisa una de las balas del tambor del arma y la observó durante un instante. A continuación se volvió y se la entregó a Toivonen.

– Guárdela – dijo casi en un susurro – y medite sobre la posibilidad de que esa bala podría haber llevado su nombre o el de cualquiera de sus hombres. No deje de pensar en eso.

– Acompáñeme fuera. – Fue más una invitación que una orden.-

Dimitriev, seguido de un conmocionado Toivonen, se dirigió a una de las escotillas de la cabina de mando, la abrió y salió a una pasarela que daba sobre el franco de babor del navío.
En ese lugar la propia estructura del buque les mantenía  a cubierto de un posible observador desde el “Petropavlovsk “, que flanqueaba al “Carpatia” por estribor.

No bien hubieron salido, Ivanov cerro la escotilla desde el interior.
– ¿Un cigarrillo?, – inquirió el ruso sacando de un bolsillo un paquete de tabaco. -Son americanos, ventajas de participar en un bloqueo naval.
– No se imagina Ud. la cantidad de mercancía que hemos confiscado durante estos dos últimos días- dijo, mientras miraba casi con afecto al pálido capitán.

– “Así que ese era el motivo de que el “Petropavlovsk”, la joya de la corona de la armada soviética, se encontrara en aquella zona, un bloqueo naval a Letonia”- Pensó el abrumado capitán. Eso explicaba las ordenes tan concretas que el ruso tenía sobre la carga y los pasajeros o tripulantes de esa nacionalidad.

Pero, ¿por qué aquel enigmático individuó le había hecho esa confesión?.

En los últimos tiempos Letonia mantenía una dura pugna por su integridad territorial con la recién proclamada República de Polonia.
Ese enfrentamiento había espoleado las pretensiones soviéticas sobre la región, ya que desde hacía algunos años la URSS consideraba estratégica esa zona del Báltico, tanto para su propia seguridad, como para plataforma desde la que ejercer el control naval en toda el área.
Como resultado de ese choque de intereses, La Unión Soviética había desplegado un amplio dispositivo naval  con que bloqueaba el tráfico por mar hacia, y desde,  ambos países, y de paso entorpecía la navegación en todo el Báltico .

Las siniestras pretensiones de los soviéticos parecían pues evidentes. Como primera potencia militar de la zona, su intención no eran otra que, ocupar primero y anexionarse después la mayor cantidad posible de territorio.
El bloqueo naval pretendía pues dos objetivos. Por una lado servir como palanca de presión y/o boicot frente otras potencias, y,  por otro, como apoyo a la fuerza expedicionaria que eventualmente enviaría a la zona.

Toivonen no se atrevió a rechazar el cigarrillo que el militar le ofrecía. Dimitriev extrajo de su guerrera un rudimentario encendedor de mecha,  lo encendió protegiendo la brasa con la mano y lo acercó al cigarrillo que Toivonen se había puesto entre los labios. A continuación encendió otro cigarrillo para él.
Aquel gesto no contribuyó, ni lo más mínimo, a apaciguar al aterrorizado capitán.

– Verá, capitán, quiero que entienda que soy un soldado, no un policía o un verdugo. – Dijo en tono distendido el militar. – Y, aunque no apruebo determinadas “prácticas de tiro” llevadas a cabo por algunos navíos de la armada soviética, he de acatar lo que se me ordena. – añadió encogiéndose de  hombros como si aquello no fuera con él o con el barco que había abordado.

“¿Otra confesión seguida de una disculpa?. ¿Así es como había naufragado el supuesto carguero noruego, o acaso se refería a la suerte que le esperaba al “Carpatía”?”.
El cigarrillo que le había ofrecido el ruso parecía la última gracia que se concede a los que van a ser fusilados.

– Respecto a la carga “no declarada” que lleva a bordo – añadió Dimitriev mientras hurgaba en el interior de un macuto que poco antes le había entregado el cabo Serkin tras la inspección del navío – Quiero que sepa de qué clase de hombres se trata: Asesinos, saqueadores, violadores…
– Agentes adiestrados para sembrar el terror y el caos entre la población civil. Monstruos sin conciencia, que torturan por diversión y matan por placer-.

Toivonen estaba perplejo, ¿Cómo es posible que aquel hombre supiera lo de los náufragos, acaso habían encontrado el compartimento oculto dónde se escondían?

Dimitriev percibió el gesto de sorpresa de su interlocutor y extrajo del macuto un paquete de bandas de lienzo manchadas de sangre mientras miraba a Toivonen con gesto serio.

Karl Toivonen sintió que el mundo daba vueltas a su alrededor y tuvo que asirse al cable de la pasarela para no caer.

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