6 – Blanco y rojo (C45)

Nagant M1895Las vendas, manchadas de sangre, apestaban a podredumbre. El oficial soviético volvió a introducir el nauseabundo paquete de tela en la bolsa de cuero y cerró esta herméticamente.

Toivonen tuvo la certeza de que su azarosa existencia iba a concluir en ese preciso momento.
Intentó abrir la boca para formular una justificación, pero tenía la mandíbula agarrotada por el terror y apenas pudo balbucear un murmullo ininteligible.
– No se esfuerce, capitán. Los dos sabemos que, por separado, el episodio del naufragio, o la aparición de unas vendas ensangrentadas no tienen nada de revelador.

– Pero, si unimos ambas circunstancias- Añadió- amén de que no he visto a ningún miembro de su tripulación herido, se pueden sacar interesantes conclusiones -.

– ¿A captado Ud. el olor de este apósito?- Continuó-, El hombre, al que le fue retirado, ya está muerto, aunque siga respirando. He percibido muchas veces ese mismo olor en el campo de batalla y el desenlace siempre es el mismo.- concluyó.

Dimitriev mantenía la mirada fija en el deshecho finlandés pero, sorprendentemente, no había rastro de ira o reproche en ella. El joven oficial miraba al capitán del “Carpatia” con piedad, casi con ternura.

-Afortunadamente, solo yo estoy al tanto de ambas reveladoras circunstancias, aparte de Ud. y sus hombres, naturalmente.- dijo en tono cómplice el ruso – Y, como ya le he dicho, no soy, ni un policía, ni un verdugo.- Esta última frase la pronunció en perfecto finés, la lengua materna de Toivonen.
A continuación arrojó la bolsa de cuero al mar.

Toiven siguió, estupefacto, la trayectoria del paquete hasta que este impacto sobre la superficie marina.

El saco de cuero frotó durante un instante para desaparecer, a continuación, bajo las aguas.

– Lamento haber tenido que utilizar ese bonito pisapapeles de bronce suyo como lastre- dijo el militar mientras miraba el lugar dónde había desaparecido la bolsa.

El conmocionado finlandés miro a Dimitriev y tan solo acertó a preguntar en su propia lengua: – ¿por qué?-

– Porque yo era como esos hombres no hace mucho.
– He cometido actos tan viles y de una crueldad tan extrema que dudo que pueda limpiar mi conciencia en lo que me quede de vida.
– Y porque deseo creer que todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad. Si es así para esos monstruos, puede que exista alguna esperanza para mí.- contestó otra vez en finés.

El rostro del militar manifestaba una gran tristeza. Su mirada otrora altiva se había tornado sombría y opaca como si aquel sujeto estuviera evocando terribles recuerdos.

De repente sacudió la cabeza como para espantar sus viejos fantasmas y ofreció la mano a Toivonen.

– Camarada capitán – dijo esta vez en ruso.

El finlandés estrecho la mano que se le tendía.

– Teniente – dijo este último, también en ruso.

– Esos hombres son ahora responsabilidad suya- dijo el militar.

– Las consecuencias de su acto de piedad le perseguirán durante toda su vida. Recuerde a quién ha rescatado y el impacto que puede tener ese hecho en la vida de los inocentes que se crucen en su camino. – Continuó.

– Otra cosa más- Añadió – tendré que justificar este abordaje frente a mis superiores. Le propongo que, como signo de buena voluntad,  sea donada a la gloriosa armada soviética una parte de la carga. Digamos diez cajas de vodka, ¿le parece bien?. Por supuesto le extenderé un recibo.

– Me parece razonable – contestó aliviado Toivonen. – Daré orden para que el vodka sea embarcado en su lancha, teniente. – Aunque quizá desearía probar antes el género – insinuó el aun nervioso capitán del “Carpatia”.

El soviético le devolvió una sonrisa cómplice.

– Si, no estaría mal. No me gustaría que los hombres se intoxicasen con un vodka en mal estado. – Bromeó el militar.

Una vez en la cabina de mando, Dimitriev ordenó que la tripulación del “Carpatia” fuera liberada y mandó a sus hombres que ayudaran a embarcar el vodka.

A esas alturas del día la temperatura había descendido de forma notable y los hombres sobre cubierta se encontraban, incluidos los militares, embotados y ateridos. Toivonen dio orden de distribuir algunas botellas de licor entre tripulantes y “visitantes” para hacer más llevadera la tarea de carga.

Dimitriev despidió a Ivanov justificando que debía supervisar el embarque de las cajas. Por su parte  Toivonen utilizó la misma escusa con Mäkinen para quedarse a solas con el militar.

Una vez solos, Toivonen abrió una botella de un excelente vodka finlandés y sirvió dos generosas medidas en sendos vasos.
Los dos hombres saborearon el soberbio licor mientras se concentraban en sus propios pensamientos.

– ¿Cuantos?- dijo por sorpresa el soviético.

Todavía conmocionado por los últimos acontecimientos Toivonen tardó en reaccionar.

– ¿De qué está hablando? – inquirió el finlandés.

– ¿Cuántos de esos miserables consiguieron sobrevivir? – pregunto el ruso como hipnotizado.

Toivonen se quedó paralizado. Quizá la conversación en la pasarela había sido un truco para sonsacarle información y él había caído ingenuamente en la trampa. De cualquier forma a estas alturas ya daba igual.

– Cuatro- respondió – pero uno de ellos no creo que sobreviva más allá de esta noche.- Añadió.

– Solo cuatro – dijo en tono mecánico el militar – había más de seiscientos hombres en aquellos contenedores cuando se ordenó echar a pique el carguero.

-La primera descarga paso de largo – dijo Dimitriev como si hablara en un sueño  – La siguiente alcanzó de lleno aquel cascarón. Se hundió en pocos minutos, pero muchos de los cajones de madera, con aquellos globos de caucho prendidos a ellos, quedaron a flote.- continuó –
La idea era probar las piezas de 120 mm. del “Petropavlovsk”  contra aquellos ataúdes flotantes – Hablaba lentamente, como si le costase vocalizar. – Aun recuerdo los gritos de horror de aquellos desgraciados mientras los artilleros afinaban la puntería. –

El militar ruso proyectó violentamente el vodka que quedaba en su vaso hacía el interior de la garganta con un rápido movimiento de su brazo. A continuación tendió a Toivonen el vaso vacío para que este lo volviera a llenar.

– Apenas quedaban media docena de contenedores a flote cuando se ordeno el alto el fuego.
El “Petropavlovsk” había recibido órdenes del almirantazgo, había que participar en un bloqueo naval. Las órdenes especificaban que el acorazado debía poner, inmediatamente, proa a Kaliningrado e interceptar todo carguero, mercante o pesquero en la zona.
El joven militar miró con ojos vidriosos el interior del vaso.

– Rogué y hasta supliqué al capitán Petrov que terminara con el sufrimiento de aquellos desgraciados, pero el maldito sádico tenía órdenes. – Al infierno – dijo – Lo que nosotros hemos empezado lo acabará el mar – Añadió, y ordenó abandonar a toda máquina aquellas aguas.

Demetriev expresó sus sentimientos con frustración. Volvió a tragar violentamente el licor y Toivonen volvió a llenar su vaso.

– Alguno de aquellos condenados habían servido conmigo en la gran guerra. Compañeros de armas que habíamos luchado espalda con espalda a pesar la ineptitud y la brutalidad de nuestros oficiales.
Sin suministros, mal equipados y  vejados por los mandos, plantamos cara a un enemigo mucho mejor pertrechado y dirigido.-

– Mas tarde- continuó- nos encontramos enfrentados en bandos distintos, cometiendo las mismas atrocidades y demostrando la misma brutalidad. Pero ahora ellos eran los rebeldes y nosotros el poder soberano. Dos caras de la misma moneda.

– Habría hecho casi cualquier cosa para que mi hijo recién nacido no tuviera que vivir el horror y la agonía indescriptible de la lucha entre hermanos, entre camaradas. Pero no eso, no de esa forma.

Y ahí estaba yo, en la popa del buque viendo como desaparecían en el horizonte aquellos condenados a una muerte horrible, encerrados en cajones como su última morada de este mundo.

– Si quiere podría… comenzó a decir Toivonen.

– Dimitriev alzó la mano y detuvo al finlandés antes de que terminara la frase.

– Ya no es asunto mío- dijo con cansancio – solo quiero que se lleve a esas ratas lo más lejos posible de territorio soviético

Horas después, ya en ruta,  cuando la negra silueta del “Petropavlovsk” hacía tiempo que se había disipado en el horizonte, El capitán Toivonen dio orden para comprobar el estado de los náufragos y volver a trasladar al de más edad para recibir atenciones sanitarias.
A esas alturas y, a tenor de los últimos acontecimientos, muchos de los tripulantes del “Carpatia” estaban dispuestos a devolver a esos desgraciados al mar. Pero la tradición naval era clara al respecto y el capitán la hacía respetar rigurosamente.

Cuando los hombres del “Carpatía” desplazaron el falso mamparo y accedieron a la trampilla que abría el compartimento oculto, quedaron sobrecogidos por la escena que se presentó ante ellos.

Los dos hombres, de pié y con el rostro vuelto al suelo en señal de duelo, se encontraban a ambos lados de el más joven de los cuatro, quién, de rodillas, sostenía el cuerpo inerte del más anciano.

Ni una lágrima, ni un sollozo. Aquel joven sostenía en silencio aquel manojo de huesos cubiertos de piel que constituían lo que, hasta hacía poco, había sido su mentor, su amigo y su protector .
Su expresión, no obstante, era la representación del dolor más profundo e inconsolable.

Los tripulantes comprendieron al instante el significado de todo aquello y no necesitaron hacer preguntas. Se colocaron ante el cadáver y volvieron el rostro al suelo mostrando su respeto.
Esperaron pacientemente a que el muchacho reaccionara, pero este parecía estar sumido en trance.
Uno de los tripulantes intentó decir algo, pero el más alto de los rusos clavó en él una mirada de tal intensidad que el pobre marino cerró la boca al instante.

Así permanecieron varios minutos, durante el trascurso  de los cuales en aquel angosto compartimento solo podían percibirse las suaves respiraciones de los vivos y el espantoso hedor que desprendía el difunto.

Por fin los dos tripulantes se miraron y, al unísono, abandonaron el compartimento. Uno de ellos se santiguó antes de retirarse.
Al cabo, Toivonen apareció acompañado por los dos marinos que portaban una improvisada camilla. Se descubrió y apoyó su mano sobre el hombro del muchacho.  El finlandés notó la tensión en el hombro del joven bajo la ajada camisa de lona.

– Lo siento – dijo en ruso

– Él me salvó la vida – dijo el muchacho casi en un susurro, reaccionando por primera vez. – Me mantuvo vivo cuando yo solo quería morir – Continuó – me sostuvo incluso cuando la situación era tan desesperada que perecer hubiera sido lo más sencillo. –
Entonces empezó a llorar de forma inconsolable. Los otros dos rusos se agitaron incómodos.
Toivonen  miró a los otros dos náufragos e hizo un gesto para se hicieran cargo del anciano. Los dos hombres retiraron el cuerpo y  lo depositaron sobre la camilla.
El muchacho seguía llorando, sujetando un cuerpo que ya no estaba allí.

La ceremonia fue sencilla pero emotiva. Toda la tripulación, excepto los hombres de guardia, se reunieron en cubierta para despedir al cuerpo amortajado que descasaba sobre un tablero apoyado encima de dos caballetes.

Toivonen, como capitán del navío, ofició el sepelio como mejor supo. Habló del justo premio, de los piadosos y de resurrección, dos cosas en las que él mismo no creía.
Al cabo, se invitó a los presentes a pronunciar algunas palabras antes de que el cadáver fuera arrojado al mar.
Los tres supervivientes avanzaron hacia el difunto, pero solo el muchacho llego hasta el cuerpo. Los otros dos rusos, que flanqueaban al joven, quedaron un paso atrás y saludaron militarmente.

– General  Serguei  Petrovich  Ivanov – Dijo el muchacho en voz alta – Soldado, héroe y sostén del sagrado imperio ruso. Descansa en paz, amigo mío. – y apoyó la mano sobre el pecho del difunto.
Ni una lágrima, ni un leve temblor en la voz al pronunciar estas palabras. Se diría que aquel hombre joven se había vaciado de sentimientos tras el episodio en el compartimento.
No obstante a Toivonen le pareció extraño la familiaridad con que aquel muchacho trataba a todo un general, proclamándolo “amigo”,  y no refiriéndose a él como “señor” o “general”.
Por otra parte, el respeto, casi reverencial, que los otros dos supervivientes mostraban ante el joven, indicaba que el rango de aquel hombre quizá no debería medirse en la escala de mando del ejército imperial ruso.

Cuatro hombres de la tripulación se adelantaron y elevaron el tablero donde descansaba el cuerpo . Seguidos por los militares rusos, avanzaron hasta la banda de babor del navío, la que daba a naciente, y allí, frente a la borda del carguero, esperaron la orden.

Toivonen miró en dirección al enigmático joven, quién, curiosamente, estaba observándole desde la distancia. El ruso hizo un gesto afirmativo con la cabeza y Toivonen dio la señal.

El cuerpo  desprovisto de vida se deslizó por el tablero y alcanzó la superficie del mar con un golpe sordo. Los asistentes al acto mantuvieron la cabeza baja durante unos instantes mientas los militares saludaban por última vez a su camarada fallecido.
Al cabo todos los presentes se retiraron, salvo el capitán y los tres militares, quienes permanecieron en posición de firmes algunos minutos más.
Transcurrido ese lapso, el capitán del “Carpatia” se acercó al más joven de los náufragos y, colocándose a su lado le ofreció:

– Si hay algo que yo pueda hacer…  dijo titubeante.

El muchacho, que en ese momento contemplaba el mar con rostro sereno, tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo empleó un tono neutro al contestar.

– Usted ya ha hecho bastante por mí y por mis hombres, capitán. Aun así he de pedirle un último favor.

– Usted dirá. – Dijo Toivonen, deseoso de hacer más soportable el dolor de aquel hombre.

– Ya sé que el destino de este mercante es la costa este de Estados Unidos, dijo el joven.

Toivonen asintió. Sin duda el muchacho se había enterado de aquel hecho por boca de algún miembro de la tripulación.

– Y también sé que su obligación es entregarnos a las autoridades locales en el primer puerto dónde atraquemos – continuó.

El capitán del “Carpatia” empezó a entender que clase de favor estaba a punto de pedirle aquel extraño joven.

– No obstante, si accede a desembarcarnos en Boston de forma, más o menos, “discreta”- dijo con intención- Estoy dispuesto a recompensarle por los riesgos que ha asumido al rescatarnos.

Mientras hablaba, el joven seguía mirando al mar como hipnotizado por sus aguas de color gris plomizo. Su tono era monótono, carente de emoción alguna. Su expresión era una máscara de absoluta indiferencia. No obstante, Toivonen advirtió que bajo aquella pose de frialdad latía una determinación feroz.

– ¿De qué clase de recompensa estamos hablando? – Inquirió el finlandés.

– Fije usted la cantidad, capitán- dijo el joven. -Confío plenamente en su criterio – añadió  en el mismo tono de indiferencia.

Toivonen observó al muchacho como si lo contemplara por primera vez.
Los pocos días transcurridos tras el rescate habían obrado una metamorfosis espectacular en el joven. Desde su aspecto físico a su conducta habían cambiado significativamente.
Su postura erguida, sus gestos elegantes y altaneros, su dicción culta y elocuente proyectaban una imagen de él que nada tenía que ver con aquella rata aterida, más muerta que viva, que había emergido hacía poco de un contenedor de madera sacado del mar.

– ¿ y cómo pretende hacer efectiva esa recompensa? -pregunto Toivonen.

El finlandés no hubiera dado crédito a ningún otro hombre de aquel navío frente a una oferta de ese calibre, pero algo le decía que aquel muchacho estaba en posición de cumplir su promesa.

– De eso no debe preocuparse, capitán. – Dijo el ruso. – No bien atraquemos en el primer puerto americano lo único que debe hacer es enviar un telegrama a unos buenos amigos. Ellos se encargarán de tener todo listo cuando lleguemos a Boston.

En lo más hondo de su ser, Toivonen comprendió que aquel muchacho iba a hacer realidad su propósito, con o sin su colaboración. Las grandes sumas de dinero siempre resultaban un buen aliciente para desencadenar un motín, y la oferta que el capitán acababa de recibir perfectamente podía ser propuesta a otro u otros miembros de la tripulación a sus espaldas si él la rechazaba.
Sintió como un escalofrío le recorría la espalda y sin saber por qué ,de repente, le vino a la memoria la bala que Dimitriev le había entregado hacía poco.

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