7 – Condiciones para una rendición (C45)

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Los rostros de los tres hombres, serios y con evidentes signos de fatiga, seguían  el ir y venir del capitán por la cabina de mando.
Agitado y furioso, Toivonen lanzaba bufidos y maldiciones a cada paso, mientras la oficialidad del “Carpatia” esperaba pacientemente que pasara aquel poco habitual estado de cólera en un hombre, de común apacible y razonable.

– ¿Y ya está? …

Los tres hombres intercambiaron miradas, inquietos, sin atreverse a contestar.

– Coaccionado por un mozalbete insolente y pedante, ¡y en mi propio navío!- El furioso finlandés dio un puñetazo sobre la mesa de mapas con tal violencia que por muy poco no la redujo a astillas.

– Debes entender a la tripulación, capitán – Dijo el jefe de máquinas Frank Müller, un rubicundo y fornido alemán que llevaba enrolado en el “Carpatia” desde su botadura.

– Los últimos acontecimientos han hecho mella en ellos – Añadió – todos hemos  visto cernirse sobre nuestras cabezas un destino negro en los últimos días. Es normal que exijan ser recompensados….

-¡Este es mi barco!, malditas ratas codiciosas.-  dijo el capitán –  Todos ganamos un buen sobresueldo gracias a la mercancía no declarada. ¿Acaso no me he portado bien con ellos siempre? – añadió  gritando el furioso marino.

– Bueno, en el fondo se trata de mercancía no declarada – argumentó con cierto humor el piloto de abordo, un danés pelirrojo, menudo y vivaracho, apellidado Marcus.

Si las miradas pudiesen matar, el autor del inoportuno comentario hubiera caído fulminado allí mismo, ya que la que le dirigió Toivonen no fue precisamente amistosa.

– Nadie cuestiona tu autoridad, capitán. Lo que se está planteando aquí son una serie de reivindicaciones de los hombres a través de los conductos reglamentarios. – Dijo Müller.

– Es un maldito motín, Frank, todos lo sabemos. Y si todavía no han entrado aquí y me mandado a la sentina cargado de cadenas, es porque la mayoría de esos piratas no han reunido el valor para hacerlo, o porque no se han puesto de acuerdo sobre quién debe ser el cabecilla. Al decir esto, Toivonen lanzó una mirada cargada se significado a su primer oficial.

Makinen, por su parte, se mantenía en silencio, un silencio que todos los allí presentes asumían como una demostración de apoyo a su capitán.
El primer oficial del “Carpatia” se encontraba sentado un tanto alejado, como ajeno a aquella reunión. Los brazos cruzados sobre el pecho, el rostro imperturbable, la mirada atenta y la culata de un revolver sobresaliendo de la cintura de su pantalón.

– ¿Pero qué tiene de malo ganar  pasta con este asunto?. Al fin y al cabo esos jodidos rusos nos deben la vida. – dijo el fornido maquinista. – Si quieren llenarnos los bolsillos por desembarcarlos en Boston que lo hagan. –

Toivonen miró al alemán, un hombre al que consideraba de absoluta confianza pero que no destacaba por brillantez mental. Se sentó y con gesto cansado se dirigió a los  marinos.

-¿A alguno de los aquí presentes se le ha ocurrido pensar qué puede haber detrás de todo esto? ¡Dios mío!, ¿tan ciegos estáis?.
– Si los rusos son desembarcados legalmente, solo terminarían siendo deportados si se demuestra que son criminales buscados por la policía de su propio país. Hecho altamente improbable ya que se les da oficialmente por muertos. Además, ¿Alguno de vosotros, genios, conoce sus verdaderos nombres?. Podrían declarar identidades falsas y nadie sería capaz de corroborarlas.

– Para empezar, podrían solicitar permisos de trabajo y, con el tiempo, la ciudadanía norteamericana. No creo que de esa manera tuvieran grades problemas para comenzar una nueva vida en ese país.
La única razón por la que quieren  desembarcar en secreto es por qué necesitan borrar su pasado. Eliminar toda pista que les relacione con sus vidas hasta ahora y, sospecho, que hasta su nacionalidad.
Y, ¡Qué casualidad!, el “Carpatia” y su tripulación son lo único que puede relacionarles con su pasado….

La última frase resonó en los corazones de aquellos hombres como una campana fúnebre. Quedó flotando en el ambiente como una nube de gas venenoso infectando de miedo las almas de aquellos marinos lentamente.

– ¿Y qué van a hacer?, ¿matarnos a todos?, ¡eso es ridículo! – dijo el pelirrojo no demasiado convencido con las explicaciones del capitán  –

– ¿Qué te parece tan ridículo? – respondió Toivonen. – ¿Qué crees que haría un hombre, capaz de pagar un cuarto de millón de dólares, por proteger un secreto para que ese secreto quedara oculto definitivamente? – Añadió.

Un silencio incómodo se adueñó de la estancia durante el transcurso del cual Toivonen aún respiraba agitadamente, el piloto pelirrojo palidecía hasta alcanzar el tono de piel de un pergamino viejo y el corpulento maquinista se retorcía nervioso las manos.  Solo Mäkinen se mostraba aparentemente tranquilo.

Al fin, el primer oficial decidió romper el incómodo silencio:

– A mi modo de ver solo quedan dos alternativas, entregarlos a las autoridades en Boston, y hacerlo justo antes de hacernos a la mar, para que cuando esos malnacidos puedan reaccionar el “Carpatia” ya se encuentre en medio del Atlántico, tal y como tenía planeado el capitán. O bien aceptar la oferta de ese bisoño con aires de grandeza y confiar en la suerte.
Después de todo Boston es nuestra última escala en esta travesía. Si desembarcamos a los rusos justo antes de zarpar evitaríamos un abordaje mientras el “Carpatia” se encontrase atracado. No creo que sus “amigos” intentaran un asalto con esos “pájaros” a bordo.

– Por mi parte – continuó – me inclino por la primera opción. El dinero no sirve de mucho si estás muerto.

– Me temo que los hombres ya han tomado una decisión – dijo Müller – y no creo que nada de lo que se decida aquí vaya a variar lo más mínimo la situación. Doscientos cincuenta mil dólares americanos resulta una cifra que invita a correr riesgos.  – El maquinista miró al suelo como si se avergonzase de lo que acababa de decir.

Jefe de máquinas, piloto y primer oficial miraron con curiosidad al cabizbajo capitán del “Carpatia”. Todos sabían que la decisión final ya había sido tomada y que a él solo le correspondía aceptarla y unirse a la tripulación o rechazarla y ser excluido de esta, asumiendo todas sus consecuencias.

La situación había empezado a envenenarse cuando, dos días atrás, Toivonen había prometido meditar la proposición del más joven de los náufragos tras el funeral del militar fallecido.
En realidad ya había tomado una decisión antes de terminar la conversación con aquel extraño individuo.
Su intención era rechazar la oferta del ruso. Pero hacerlo en ese momento hubiera resultado  extremadamente peligroso,  por lo que argumentó una serie de problemas  de distinta índole a estudiar antes de poder facilitar una cifra al joven.
Este clavó su mirada en los ojos de Toivonen como escrutando sus pensamientos y, al cabo, mostrando una sonrisa torcida, asintió.

– Muy bien- dijo en tono neutro – Avíseme cuando tenga preparada una respuesta.

Pocas horas después corría el rumor, entre la tripulación, de que los rusos habían ofrecido una enorme cantidad de dinero al capitán del “Carpatia” por ser introducidos clandestinamente en los Estados Unidos. Una cifra que el capitán no estaba dispuesto a compartir con aquellos que habían estado a punto de morir por sus decisiones, su propia tripulación.

De nada sirvieron las explicaciones del propio Toivonen, ni sus sólidos argumentos. Aquellos hombres estaban cegados por la codicia, a la par que defraudados por la supuesta traición de su capitán.

Durante las más de las once horas que ya duraba aquel encierro, la oficialidad del “Carpatia” había hecho piña alrededor del capitán, intentando contener los primeros conatos de motín y buscando una solución dialogada para aquel conflicto.
La reputación de Toivonen, así como la lealtad que muchos miembros de la tripulación, pese a todo, aún profesaban al capitán del navío, habían impedido un desenlace violento.
Eso, y el hecho de que todas las armas de abordo estaban en la cabina dónde ahora se atrincheraban los oficiales.

Los días que siguieron al motín transcurrieron entre la aparente tranquilidad y una tensa espera.
Toivonen había  cedido a la mayoría de las peticiones que su propia tripulación había hecho,  pero, por su parte,  había condicionado la negociación al imponer una serie de exigencias que, finalmente, los hombres terminarían aceptando.

Toivonen había conseguido que los tres náufragos permaneciesen confinados y vigilados mientras durase aquella travesía.
Los dos rusos, que actuaban de guardia pretoriana del más joven, parecían gente peligrosa, en especial el cosaco de ojos de hielo.
El otro ruso, un sujeto enjuto y de mirada torva, resultaba igualmente inquietante, tal vez por su evidente desprecio por todo lo que le rodeaba, o por el hecho de que nadie la había oído pronunciar una palabra desde que fuera rescatado de aquel ataúd flotante.
En cualquier caso resultaba evidente que ningún miembro de la tripulación se hubiera encontrado cómodo con aquellos canallas merodeando a sus anchas por el mercante, por lo que no hubo objeciones cuando se propuso el confinamiento.

Los rusos fueron trasladados, desde su estrecho escondite,  a una amplia cabina con tres catres, que disponía de ventilación y luz natural.
Se les facilitó lectura y un tablero de ajedrez para hacer más llevadero el encierro. Dos veces al día se les permitía un corto paseo por la cubierta del buque, eso sí, de uno en uno y escoltados por hombres armados.

Se les facilitaba tres comidas, agua, jabón y útiles para su aseo personal, a diario, ropa limpia cada semana, así como un discreto suministro de alcohol, en forma de vodka, procedente de la reserva de la propia tripulación.

Fueron los propios hombres del “Carpatia” los que establecieron los turnos de vigilancia, atención  y escolta de los rusos.
Toivonen se había desentendido completamente de todo lo que no concernía estrictamente al gobierno del buque, actuando como si aquellos “huéspedes” no deseados jamás hubieran existido.
Durante todo el tiempo lo que duró la travesía a partir del incidente, uno de los pocos contactos del capitán con los rusos fue el momento en el que se les comunicó a estos la decisión de aceptar sus condiciones y la forma en que esas condiciones se harían efectivas:

Los tres supervivientes fueron conducidos a su nuevo lugar de confinamiento, dónde Toivonen, Maquinen y Müller les esperaban.
Los tres marinos portaban un revolver cada uno y el gesto de sus rostros no invitaba a hacer bromas sobre la situación.

Cuando el comandante Lantzeff vio a aquellos hombres armados y con cara de pocos amigos temió lo peor. Quizá, aquel al que debía lealtad, se había excedido en la forma gestionar todo aquel asunto y el capitán Toivonen había decido terminar lo que los soviéticos habían comenzado.
El curtido militar sentía una sincera simpatía por aquel finlandés serio y de parca conversación. El capitán del “Carpatia” transmitía la confianza y seguridad de un verdadero líder, algo que él había aprendido a detectar en un mando. Un líder al que, en otras circunstancias, habría seguido hasta muerte en la batalla.
El destino le había procurado, no obstante, otra clase de servidumbre. El servicio a un hombre ambicioso y cruel que, pese a su juventud, tenía manchadas las manos de sangre. Sangre de campesinos indefensos y ciudadanos inocentes.

Lantzeff no aprobaba los métodos de su líder. No es que él mismo no hubiera cometido toda clase de atrocidades. La diferencia entre él y el joven al que debía su lealtad, es que jamás había sentido placer alguno al llevarlas a cabo y, si había hecho aquello, era en el más estricto cumplimento de su deber.
Lantzeff era un soldado, una máquina perfectamente adiestrada y mentalizada para matar desde el instante en que fue apartado del pecho materno.
Después de todo él era un cosaco de Rostov. Pertenecía a una casta de hombres que habían entregado sus vidas al servicio de los zares desde tiempos inmemoriales. Un puñado de jinetes implacables con los enemigos de Rusia, feroces en la batalla y heroicos en la derrota.
El conflicto había comenzado a asomar cuando los supuestos enemigos de Rusia resultaron ser los propios rusos y, en muchos casos, gentes humildes, sacudidas por los vaivenes de una lucha de poder que él mismo no comprendía muy bien.

– Veo que ha aceptado mi oferta.- Dijo el líder de los rusos devolviendo a la realidad al veterano y sorprendido soldado.

El joven  exhibía una amplia sonrisa y parecía exultante.

– ¿Qué le hace pensar que no están aquí con otro propósito? – argumentó Toivonen en tono gélido mientras amartillaba distraídamente  un Smith & Wesson  calibre 38 Especial, modelo “1899”.

– Supongo que esos tres camastros – dijo, moviendo la cabeza hacia donde se encontraban los humildes catres – están destinados a servir de descanso a hombres vivos – argumentó enfáticamente el taimado individuo.

– Claro está que usted se ha asegurado de que así sea, ¿no? – dijo Toivonen. – Ha resultado ser un orador extremadamente elocuente para mi tripulación. ¿Sabe clase de destino le espera si no hace efectivo su compromiso?

– Noto cierto tono de reproche en esas palabras, “capitán” – dijo distanciando exageradamente cada sílaba de la palabra capitán – pero, ¿qué quería que hiciera?. Le ofrecí un cheque en blanco para evitar todas estas molestias, y usted, no solo tuvo la desfachatez de rechazarlo en secreto, sino que, además, cometió el error de insultar mi inteligencia, ofreciéndome toda una serie de excusas inadmisibles.  – dijo en tono severo, como si él mismo fuera el único con derecho a sentirse ofendido.

– En cuanto a mis compromisos, soy un hombre de palabra y, ya que usted no estaba dispuesto a fijar una cifra, yo mismo planteé un desembolso razonable por sus servicios y los de su tripulación.
¿Ve?, en el fondo le he facilitado el trámite. – Añadió sin dejar de sonreír.

El joven ruso jamás supo lo cerca que estuvo de perecer ahí mismo.  Quizá fuera un buen orador y un manipulador de manual, pero nunca había llegado a comprender a hombres como Toivonen, y tampoco alcanzaría a hacerlo en el futuro.  Un hecho que más adelante lamentaría amargamente.

Toivonen se debatía ente la furia ciega y la fría venganza. Deseaba desesperadamente acabar con aquel miserable y ardía en deseos de hacerlo con sus propias manos. Pero sus recién adquiridos compromisos y su propia conciencia le impedían actuar en ese sentido. Además, seguía siendo el capitán del “Carpatia” y eso le exigía velar por la seguridad,  incluso, de aquellos por los que se sentía traicionado.

El finlandés miró fijamente a los ojos a aquel pretencioso antes de contestar.

– Ya que es obvio que finalmente serán desembarcados según sus deseos, le voy a explicar mis condiciones – dijo Toivonen en tono lo más neutro que pudo.

– Primero: No son pasajeros, sino una mercancía que, una vez entregada en destino, tiene un valor en dólares americanos, y como tal serán tratados.
Cuidaremos de que estén bien alimentados, limpios y razonablemente sanos cuando lleguemos a destino, hasta ahí llega nuestro compromiso.

El joven ruso dejó de sonreír.

– Segundo: Se les considera elementos peligrosos a bordo, de forma que serán confinados en esta estancia y vigilados en todo momento.
A partir de ahora el contacto con cualquier miembro de la tripulación se limitará a los habituales para el suministro de elementos esenciales para su supervivencia y/o manutención. Si desean conversación tendrán que hablar entre ustedes.

La sorpresa del cabecilla de los supervivientes era cada vez más evidente.

– Y, Tercero: cualquier gesto hostil por su parte, o inducido por cualquiera de ustedes, contra miembros de la tripulación del “Carpatia” o sus instalaciones, tendrá como consecuencia una respuesta proporcional a la envergadura y/o gravedad de tal acto. ¿Ha quedado claro?.

A esas alturas el líder de los rusos apenas podía contener la compostura. Su grado de indignación era tal que su rostro, antes pálido y sereno, había adquirido un tono carmesí. Su boca era una fina línea y sus ojos tenían la apariencia de dos pequeños globos inyectados en sangre.

– Pero, ¡Esto es un secuestro! – atinó a decir el indignado joven perdiendo la paciencia.

Toivonen se encogió de hombros.

– Denúncieme – se limitó a decir con sarcasmo.

– ¿Le ofrezco un cuarto de millón y me trata como un criminal?, se arrepentirá de esto.

– El hombre que provoca un motín es un criminal, independientemente de otros “meritos” que desconozco y por los que, no me cabe duda, usted merece tal calificativo.
Me estoy limitando a tratarte como lo que has demostrado que eres.
En cuanto al asunto del arrepentimiento, créeme, ya estoy más que arrepentido. Te aseguro  que todos los día maldigo mi suerte por haber encontrado los restos de aquel naufragio.

El cambio de trato, de usted a tú, causó el efecto deseado en el desorientado y más que indignado joven. Ahora que las posturas habían terminado de definirse, comenzó a hilarse el terrible destino que el joven ruso hacía tiempo tenía proyectado para aquellos hombres.

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