8 – La bruma y el destino (C45)

nieblaHabían transcurrido diez días desde el comienzo de aquella accidentada singladura. El ecuador de aquel viaje había quedado atrás y la tripulación ya contaba los días que restaban para atracar en Boston.
Antes de ese momento aún se realizarían varias escalas en otros tantos puertos norteamericanos. En uno de esos puertos es dónde se pondría en marcha el mecanismo de “pago” por el rescate y el desembarco ilegal de los rusos.

A medida que la costa americana se acercaba, el temor, a la par que la esperanza, se apoderaba de los corazones de los marinos. De todos, salvo el capitán y, probablemente, su primer oficial.

Toivonen pasaba las horas que no destinaba al ejercicio del mando a pasear sobre cubierta y a beber en su cabina.

El aspecto del capitán del “Carpatia” se deterioraba visiblemente a medida que progresaba la travesía.
A menudo aparecía ante sus hombres con el rostro macilento, mal afeitado y con las señales típicas de la falta de descanso y los excesos con la bebida.
Se había convertido en un ser huraño y arisco que reaccionaba con desproporcionada e injustificada violencia ante cualquier provocación, real o imaginaria.
Había abandonado su aseo personal y ya no saludaba jovialmente a los hombres de guardia como hiciera antaño. Ahora se limitaba a pasar a su lado ignorándolos,  gruñendo y maldiciendo por lo bajo.

Mäkinen miraba con preocupación como la integridad física y mental de su capitán y amigo se degradaba con el transcurso de los días. Desde que lo conociera, siendo los dos apenas unos mocosos, jamás había visto reaccionar a su mejor amigo de aquella manera.

El momento límite llegó cuando, una noche, al entrar en la cabina de mando, el primer oficial del “Carpatia” descubrió a Toivonen bebiendo descaradamente en presencia de los dos marinos que estaban de guardia en ese momento.
El Capitán se encontraba visiblemente borracho. Sujetando torpemente una botella de licor con la mano izquierda, parecía apenas capaz de mantener el equilibrio, por lo que se apoyaba con la otra mano en un estante mientras,  a intervalos, alzaba la botella hasta sus labios.

Cuando Makinen entró en la cabina, Toivonen miró al recién llegado con ojos vidriosos, alzando una vez más la botella. En ese momento parte del líquido se derramó por su barbilla terminando por empapar el mugriento pullover.  El finlandés se limitó a restregar la palma de la mano sobre el área dónde había ido a parar el vodka en un absurdo intento de limpiar la mancha.

Los dos hombres, que aparentemente se encontraban atentos al gobierno del buque, miraron con gesto de preocupación a Mäkinen. Este se limitó a asentir con la cabeza.

– Capitán, necesitaría discutir contigo algunos aspectos de la maniobra de atraque en Newport.
Mäkinen utilizó como escusa lo primero que le vino a la cabeza para sacar de allí al tambaleante Toivonen.

– Es un puerto que no hemos tocado nunca y hay que definir aun varios detalles. –  argumentó.

Toivonen lanzó una mirada sombría al segundo de abordo. Quizá estuviera borracho pero aún podía pensar con cierta claridad, y aquello sonaba a “estás molestando aquí, maldito borracho”.

– ¿Quizá estoy entorpeciendo su labor, caballeros? – Preguntó Toivonen con voz pastosa.
El comentario rezumaba sarcasmo por todas partes.

– ¿Les he llamado caballeros?. Perdón, quizá debería utilizar otro calificativo para referirme a ratas codiciosas carentes de escrúpulos, – dijo con rabia. – Pirata es un término que se ajustaría mucho mejor a lo que son en realidad. – Volvió a llevarse la botella a la boca.

Los dos hombres no se atrevieron a responder, pero Mäkinen apretó los puños y arrugó la frente.

– Capitán, esta rata codiciosa carente de escrúpulos le pide, con todo respeto, que abandone el puente hasta que esté en condiciones de ejercer el mando.  – Las palabras de Mäkinen sonaron como el restallar de un látigo.

Toivonen detuvo la botella a medio camino hasta su boca. Se diría que aquellas palabras hubieran tenido el  efecto de un directo al estómago, pues el bebido capitán se tambaleó y mutó su expresión por un gesto de dolor.

Poco a poco la máscara de dolor fue transformándose en un rictus de rabia.

– ¿Tu también?, maldito traidor – dijo con la voz temblando por la ira. – ¿Deseas mi puesto?, ¿Eso es lo que quieres? – Mientras vomitaba esas palabras, gritando y escupiendo, comenzó a tambalearse hasta dónde se encontraba Makinen.

– Sabes que no me refería a ti cuando llamé ratas a estos dos – dijo haciendo un gesto con la mano que sujetaba la botella en dirección dónde se encontraban los dos alarmados marinos. – Pero supongo que ahora que te has quitado la máscara encajas en el término – Ladró el ofuscado capitán.

Mäkinen se anticipó a la torpe maniobra de Toivonen.  Cuando el capitán levantó el brazo para golpear al primer oficial, este hizo un rápido movimiento y aparto su cara de la trayectoria del golpe.  A continuación realizó un rápido movimiento de rotación y golpeó con el codo la espalda de Tovoinen, a quién la inercia del golpe fallado le había hecho sobrepasar la posición de Mäkinen. Como consecuencia Toivonen fue a chocar violentamente con el mamparo que se encontraba a la espalda de Mäkinen.

Toivonen cayó inerte al suelo. El impacto principal lo había recibido en la cabeza y sangraba abundantemente por una ceja. Además la botella que sujetaba se había roto produciéndole varios cortes en la mano.
Una mancha de líquido, mezcla de sangre y licor, comenzó a extenderse por el suelo.

Mäkinen se apresuró a auxiliar a su capitán, pero Toivonen, conmocionado pero consciente, lo rechazó e intentó apoyarse con la mano en el suelo para incorporarse. Sin embargo fue a hacerlo sobre algunos fragmentos de la botella rota. El dolor le hizo precipitarse otra vez contra el suelo.

Finalmente, con la ayuda del primer oficial y los dos consternados marinos de guardia, Toivonen consiguió sentarse sobre la fría superficie metálica.
Su aspecto era lamentable. Tenía parte de la cara hinchada y ensangrentada, se sujetaba patéticamente la mano herida y las ropas empapadas hedían a una mezcla de alcohol y suciedad.

Mäkinen limpió la sangre que comenzaba a secarse alrededor del ojo tumefacto, retiró algunos fragmentos de cristal de la mano herida y a continuación la envolvió en un lienzo limpio.

– Vosotros – dijo dirigiéndose a los dos marinos – Limpiad esto y ni una palabra a nadie del incidente – Ordenó – Si llego a enterarme que llega a conocimiento de la tripulación juro por todos mis antepasados que yo mismo os arrojo por la borda, ¿entendido?

El tono del fornido marino no admitía réplica, los dos marinos asintieron.

Makinen levanto prácticamente en vilo al semi-inconsciente capitán del “Carpatia”, se paso el brazo izquierdo del herido por el cuello y sujetando a aquel despojo humano por la cintura lo arrastró fuera del puente.

– Vamos capitán, necesita dormir un poco – dijo en tono tranquilizador.

Cuando Toivonen despertó en su cabina ya habían sustituido el lienzo de su mano por un verdadero vendaje. En ese momento descubrió con sorpresa que había sido despojado de la ropa empapada en sangre y alcohol.
La ceja abierta había sido cosida, la inflamación del pómulo casi había desaparecido y ya no quedaban restos de sangre en la cara.
Alguien se había preocupado en asearle y afeitarle, aunque no conseguía recordar en qué momento.
El ojo, no obstante, presentaba un feo aspecto. El párpado inflamado apenas permitía una pequeña rendija para la visión, el globo ocular presentaba un extenso derrame y una fea aureola negruzca había aparecido alrededor  de la cuenca ocular.

Se notaba embotado y torpe pero por primera vez en muchos días conseguía pensar con una razonable claridad. Decidió poner fin a eso.
Se incorporó con dificultad sentándose en el borde del catre. La cabeza le daba vueltas, por lo que se planteo seriamente su propósito de ponerse en pié. Finalmente pudo más la voluntad y, apoyándose, consiguió alcanzar la posición vertical.
Con paso titubeante alcanzó, al otro lado de la cabina, un pequeño mueble dónde guardaba el vodka, para descubrir con consternación que todas las botellas del ansiado licor habían desaparecido. Lanzó una sonora maldición.
El registro de cada uno de los rincones del camarote resultó infructuoso, todas las botellas de vodka, incluso las que el mismo había ocultado, habían sido retiradas.

Una ira roja se apoderó de él. Sintió el deseo de colgar al primer oficial y se planteó la idea de salir del camarote y hacer realidad tal propósito pero, de repente, las piernas no le respondieron más y dando un traspiés terminó cayendo estrepitosamente sobre el catre.

El cansancio y el deseo de dormir fueron sustituyendo poco a poco a la furia y finalmente el aturdido marino se hundió en un sueño intranquilo lleno de negros presagios.

Toivonen no abandonaría su cámara durante las siguientes 48 horas.  En ese espacio de tiempo el curtido marino se recuperó razonablemente de sus heridas.
Afortunadamente los cortes de su mano, aunque profundos, no habían interesado  ningún tendón por lo que, a esas alturas, ya era capaz de asir y levantar objetos, aunque ese tipo de maniobras seguían produciéndole un intenso dolor.
El hematoma del ojo remitía lentamente y ya podía abrirlo casi completamente.
La hinchazón de la cara había desaparecido y podía mantener la posición vertical sin ningún tipo de peligroso balanceo.

Del incidente del puente le quedaba un borroso recuerdo y un espantoso dolor de cabeza. Pero, aunque las heridas del cuerpo sanaban, las de su alma seguían abiertas. Palpitante y dolorosamente abiertas.

El estado de ánimo del capitán del “Carpatia” había pasado de la desorientación a la ira, para ir dejando paso poco a poco al abatimiento  y el desánimo.
Ahora que no podía embotar su mente con alcohol, la negra realidad y el aún menos halagüeño futuro, pesaban sobre su espíritu como una pesada losa.
El litoral americano se acercaba y, coincidiendo con el final de la singladura, Toivonen intuía un desenlace fatal para aquella esperpéntica aventura.

Durante aquel breve espacio de tiempo, Mäkinen se había encargado del gobierno del buque y, aunque el fornido marino no era amigo de utilizar la amenaza o la intimidación, había conseguido, de todas formas, frenar los comentarios y especulaciones sobre la errática conducta del capitán. Al menos los que la tripulación expresaba en su presencia.
Makinen no toleraba, ni toleraría nunca, que se pusiera en entre dicho la autoridad de su mejor amigo. La tripulación lo sabía y se cuidaba muy mucho de manifestarse a ese respecto cuando el primer oficial se encontraba presente.
Aún así la reputación de Toivonen había resultado irremisiblemente dañada tras los últimos acontecimientos. Tanto Makinen como el propio Toivonen lo sabían, pero ambos guardaban silencio sobre el tema. Un tenso silencio que terminaría por precipitar los acontecimientos que vinieron a continuación.

El tercer día desde que sucediera el incidente en el puente había amanecido neblinoso y frío. La humedad calaba en los huesos de aquellos que se encontraban a descubierto, por lo que los hombres intentaban permanecer el menor tiempo posible sobre cubierta.
El “Carpatia” parecía desplazarse dentro mar de nubes y ni siquiera desde el puente se podía distinguir con facilidad la proa del navío.
La sirena anticolisión sonaba de forma regular cada breves intervalos de tiempo  y tanto el piloto como el primer oficial no abandonarían el puente durante todo el día.
Nadie reparó en la solitaria figura que, a primeras hora de la mañana, se encontraba apoyada sobre la baranda de popa en el flanco de estribor del buque.

Toivonen observaba, como en estado de trance, la apenas perceptible superficie del mar.
Un cigarrillo empapado colgaba de los labios entumecidos y la condensación de la niebla formaba gruesas gotas que se desprendían a intervalos de la visera de la gorra del capitán.
Solo la compacta chaqueta de lana que portaba aislaba a este de aquella desapacible climatología.

No habría estado allí ni media hora cuándo avistó unas fantasmagóricas figuras surgidas de la niebla que avanzaban hacía su posición.
No tardó en reparar en que se trataba uno de los rusos confinados quien, acompañado de su escolta, ejercía su derecho al paseo diario en cubierta.

Los momentos de que disponían los rusos para estirar las piernas al aire libre eran tan escasos y breves  que ni siquiera unas condiciones meteorológicas como aquellas habrían desanimado a cualquiera de los tres “pasajeros” del “Carpatia” a renunciar a aquel privilegio.

Reconoció, no sin dificultad debido a la deficiente visibilidad, al tripulante que vigilaba al ruso; un portugués,  apellidado Pereira, que desempeñaba diversas labores a bordo, entre otras la de operador de radio. Un buen marino y, hasta el momento del motín, uno de los hombres considerados “de confianza” por la oficialidad de mercante.

El otro sujeto, una fornida figura embozada en un capote manchado de salitre y empapado por la humedad, necesitó un escrutinio mucho menos riguroso para su identificación. Su colosal estatura, así como su no menos desdeñable envergadura, delataban la presencia del Comandante Pavlo Lantzeff.

Toivonen mantuvo impasible su posición, apoyado sobre el parapeto, sin demostrar el más mínimo interés en las dos figuras se acercaban.

Cuando Pereira reparó en la figura del Capitán hizo un gesto a Lantzeff para que este le siguiera, evitando con la maniobra pasar cerca de Toivonen. Sin embargo el ruso hizo caso omiso de la señal, así como de las amenazas que vinieron a continuación, y mantuvo la trayectoria en dirección al indolente capitán del “Carpatia”.

– Capitán – saludó formalmente el ruso no bien hubo donde Toivonen se encontraba.

– Comandante – respondió el marino, no sin cierta sorna y sin dejar de mirar la brumosa superficie del océano.

– Se que, tras los últimos acontecimientos, debe sentir un profundo resentimiento por sus inesperados invitados a bordo – dijo al cabo Lantzeff sin perder el tono respetuosos y formal.

– No se hace usted ni la menor idea – dijo Toivonen sin dirigir la mirada hacia el militar y con el mismo tono agrio.

– No obstante me gustaría formular, particularmente, mi agradecimiento por su valiente acción de rescate. Tras la cual, créame, quedo en deuda con usted y su tripulación.

El tono del ruso sonó neutro y sin artificios, sin embargo Toivonen levantó repentinamente la cabeza y dirigió su mirada directamente a los ojos del cosaco.
Un destello imperceptible asomo a la superficie gris acero de los ojos del comandante Lantzeff cuando Toivonen clavo su mirada en ellos. Un signo que, en un rostro tan severo e imperturbable como aquel, equivalía a toda una declaración de intenciones.

– Pereira – dijo Toivonen – Necesito tener una conversación privada con este hombre – añadió en tono autoritario. – retírese y vuelva dentro de quince minutos.

– Capitán – contestó el marino encargado de la custodia del ruso – lo que me pide es imposible – protestó – si este hombre intentara escapar o lo hiriera a usted en mi ausencia me caería una buena. Además, estas salidas están severamente controladas – argumentó el portugués.

– Estoy al tanto de todo eso. Yo mismo fijé esas normas – respondió Toivonen – sin embargo – continuó – Este individuo no va a ir a ninguna parte ni supone amenaza alguna para mi seguridad – dijo mientras levantaba la chaqueta y dejaba al descubierto la culata un revolver sobresaliendo de la cinturilla de su pantalón.
– Si le he pedido que nos deje solos quince minutos es porque sé que ese es el lapso de tiempo necesario para que devuelva al prisionero a la hora prevista. En cuanto a la responsabilidad de sus actos, no debe preocuparse, sigo siendo su capitán y le eximo de cualquier responsabilidad.  Aunque, naturalmente, quizá este asunto podría quedar entre nosotros dos – dijo con intención al consternado marino.
Esta última frase sacudió la conciencia de Pereira como una colisión del casco contra los bajíos.
El hombre se estremeció y luego sacudió los hombros como si aquello no fuera con él.

– Algunos dicen que usted está loco o enfermo – dijo el portugués tras un momento de reflexión – pero nadie ha dicho que ya no sea el capitán – añadió – Por mi parte no veo porqué no deba obedecer una orden suya. Además, me vendría bien un café caliente después de esta desagradable caminata. – respondió, devolviendo el guiño.- Volveré en quince minutos – concluyó. Tras lo cual dio media vuelta para desaparecer, al cabo, por una de las portillas que conducían bajo cubierta.

No bien el marino hubo desapareció de la vista, Toivonen se volvió a apoyar en el parapeto sobre cubierta para seguir contemplando las brumosas aguas. El ruso le imitó.

– No creo que este encuentro haya sido casual – dijo el cosaco sin dejar de mirar en dirección a la superficie del mar. – No solo conocía cuando sería mi turno para el paseo diario, sino también cuando tendría una escolta conveniente para sus propósitos – añadió

– Es usted un hombre muy perspicaz – dijo en tono neutro Toivonen – Supongo que necesitaba tener esta conversación con Ud. antes de llegar a nuestro destino.

Los dos hombres hicieron un largo silencio mientras permanecían concentrados en sus propios pensamientos.

– Capitán, Ud. y su tripulación se encuentran en grave peligro. – dijo al fin el ruso sin expresar emoción alguna al pronunciar aquellas palabras.
– Conozco al hombre responsable de esta situación y le aseguro que no es de los que dejan cabos sueltos. – Añadió.

Toivonen siguió mirando la fantasmagórica superficie marina sin manifestar reacción alguna ante la terrible revelación que su interlocutor acababa de hacerle.
Tenues espirares de frío vapor ascendían lentamente desde las aguas, como ánimas de difuntos enterrados en aquella niebla. Espíritus condenados a vagar por aquella región del océano. Amenazantes y etéreos, aunque impotentes contra los vivos.

Los dos conocían de antemano el destino que aguardaba a la tripulación del “Carpatia”. El hecho de expresarlo en voz alta tenía, no obstante, la propiedad de crear una cierta complicidad entre aquellos dos hombres tan distintos y al mismo tiempo tan parecidos. Una especie de camaradería nacida fruto del infortunio y la desgracia que obligaba a ambos a pronunciarse uno a favor del otro.

– ¿Cuándo y cómo sucederá?-  dijo al fin Toivonen, aunque ya conociera la contestación de antemano.

– Eso no lo sé- dijo el ruso encogiéndose de hombros. – Ese sujeto jamás confiaría algo así ni a Ramparov – dijo en alusión al otro ruso – ni a mí. Supongo que hay ciertos asuntos que exceden el nivel de confianza que poseemos. De hecho – Continuó – no me sorprendería que nuestro enigmático líder incluyera a sus antiguos compañeros de armas – dijo en alusión a sí mismo y al otro ruso –  en la purga que tiene proyectado ejecutar.

– ¿Qué podemos hacer? – la voz de Toivonen era ahora un susurro, apenas un suspiro que parecía estar siendo emitido como una reflexión en voz alta.

Hubo un largo silencio.

– A tenor de los últimos acontecimientos me temo que la única salida posible es la huida. – dijo al fin el cosaco – Su tripulación ha sido seducida por el oro ruso, y a estas alturas ya no va a atender a razones. Además, tengo entendido que ese asunto ya se trató en su momento.

Como sospechaba Toivonen, los rusos parecían estar perfectamente informados de todo lo que se decidía en aquel navío, a pesar de existir la orden de mantenerlos completamente incomunicados.

– Lo mataré, acabaré con ese miserable  y sepultaré su cadáver en el mismo océano de dónde en maldita hora lo saqué. – dijo Toivonen en un acceso de rabia incontenible.

El fornido comandante cosaco se volvió y miró detenidamente al capitán del “Carpatia”.
La figura embutida en la gruesa y empapada chaqueta de lana se hallaba inclinada sobre el pasamanos. Ambas manos tan fuertemente asidas al cable de protección que pareciera que quisieran estrangularlo. El rostro congestionado y la mandíbula tan firmemente encajada que, en conjunto, el gesto asemejaba al de un enajenado.
Tal era el rictus de rabia de Toibonen que, durante un instante, el ruso temió que aquel hombre pudiera hacer efectiva su amenaza en ese mismo momento.

Lantzeff poso una mano enorme sobre el hombro de Toivonen. Bajo la empapada chaqueta pudo notar la tensión de su espalda, producto de la ira que en ese momento recorría las entrañas del marino.

– Capitán – dijo el ruso en un tono lo más tranquilizador posible -Los dos sabemos que esa opción ya no es posible.
– Como ya habrá sospechado, los hombres que custodian la cámara dónde nos encontramos confinados tienen “otras órdenes” además de las recibidas por la oficialidad de este navío – dijo con intención-
– Por otro lado, aunque llegara a llevar a cabo semejante propósito, ¿Cuanto cree que su propia tripulación, enfurecida y privada del prometido botín, tardaría en darle a Ud. el mismo fin?.

La tensión disminuyó un tanto, pero el gesto de rabia persistía en el rostro del finlandés.

– No importa – bramó-  daría gustoso mi vida por borrar la sonrisa para siembre  a ese malnacido.

Al contemplar a aquel excitado marino, Lantzeff experimentó una mezcla entre compasión y simpatía por aquel hombre.  Después de todo, aún recordaba cuando él mismo era así: valiente, integró y leal. Un soldado al servicio del Zar y no el despreciable asesino en el que se había terminado convirtiendo.

El gigante retiró la mano del hombro de su interlocutor e hizo un gesto de despreocupación.
– Cómo quieras – dijo al cabo – peso tu gesto no cambiará nada. Ese intrigante terminará consiguiendo lo que quiere y tú acabarás cargado de cadenas y golpes en la sentina  o, aún peor, en el fondo de este gélido océano – al decir esto hizo un amplio movimiento con el brazo en dirección a las brumosas aguas .

Toivonen advirtió que el ruso había comenzado a hablarle como a un viejo camarada, apeándolo del trato de “capitán” o el menos formal “usted”.
Sintió un gran alivio al saberse digno de la confianza y el respeto de aquel hombre, sin embargo no estaba dispuesto a bajar la guardia. No todavía.

– ¿Por qué me cuentas esto, no temes que tu jefe llegue a enterarse?  – dijo Toivonen, ya un poco más sosegado y utilizando el mismo tono informal que el ruso.

– Los dos sabemos que eso  carece ya de importancia. El hecho de que yo confirme, aquí y ahora, que este navío está condenado y a que oídos pueda llegar no supone ninguna novedad y no puede cambiar el destino, salvo quizá el tuyo.
– No hay salida, salvo la huida. – Sentenció el cosaco.

En aquel momento, y como rubricando aquellas palabras, un tenue viento de poniente comenzó a dispar aquella bruma fantasmagórica. Pero solo fue un espejismo,  la breve brisa dejo de soplar y las tinieblas se apoderaron, una vez más, tanto del océano como del ánimo de Toivonen.

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