9 – El fin de una singladura (c45)

newport

Newport suponía la primera meta del “Carpatia” en tierras norteamericanas.
Durante las últimas horas el tiempo había mejorado notablemente y  un cielo radiante, y completamente despejado, había permitido realizar la maniobra de atraque con menos dificultades de las que hubieran creído adivinarse hacía poco.

Por primera vez en varios días, el capitán había ocupado su puesto en el puente del navío para supervisar las maniobras, permitiendo de esta forma que los miembros de la tripulación pudieran contemplar al Toivonen de siempre; el oficial mercante pulcro, sereno y capaz que todos recordaban.

El piloto maniobró el mercante con destreza bajo las indicaciones de Toivonen y la secreta complacencia del primer oficial, quién hasta hacía poco daba por huérfana de su capitán a aquella tripulación. De esta suerte el barco se encontraba en el muelle de carga designado antes del mediodía, varias horas antes de lo previsto.

La actitud de Toivonen había cambiado desde la conversación con el cosaco sobre cubierta. Aunque el curtido marino ya sospechaba secretamente todo lo que el ruso le había revelado, las palabras vertidas por aquel extraño sujeto habían terminado provocando que, este, tomara una decisión  que cambiaría su vida y, probablemente la suerte de sus hombres, para siempre.

Aunque seguía ejerciendo como tal, Toivonen ya no se sentía capitán del “Carpantia”. Los últimos acontecimientos habían vulnerado de forma irremediable, no solo la confianza, sino cualquier atisbo de complicidad, afecto e, incluso, simpatía que el finlandés pudiera sentir por cualquiera de sus hombres, con la excepción, tal vez, de su primer oficial.

Tras la breve pero reveladora conversación con el cosaco sobre cubierta, Toivonen había decidido renunciar a su cargo a bordo y abandonar el navío en secreto. Pero necesitaba hacerlo sin alertar a los rusos y eso significaba hacerlo sin que la tripulación se enterara, ya que intuía que ya no podía confiar en nadie. En realidad, y aunque asumía un desenlace dramático de aquella rocambolesca historia, en lo más hondo de su ser deseaba que sus peores presagios no se cumpliesen.
El hecho es que, si abandonaba ahora su navío, tiraría, literalmente, por la borda una brillante y bien remunerada  carrera  profesional. Sin embargo hubiera sacrificado eso y mucho más por tener la certeza de que aquel grupo de rufianes, codiciosos y desleales, llegaran ilesos a buen puerto.
Muy a su pesar, aquello ya no estaba en su mano.

El veterano marino había sopesado cuidadosamente todas las alternativas y no había salida. En cualquier caso, lo que le sucediera a partir de ese momento sería consecuencia directa de un cúmulo de desgraciadas circunstancias que habían terminado por sacar a la luz lo peor de la naturaleza humana en aquel navío. Él mismo era el mejor ejemplo.

Durante la larga noche que precedió al día de llegada a Newport, el capitán del “Carpatia” no pudo dormir.
Por un lado los remordimientos por lo que estaba a punto de hacer le impedían conciliar el sueño. Por otro, existían infinidad de detalles a los que prestar atención antes de llegar a Boston y ejecutar su plan. Era necesario anticiparse a todas las posibles pegas que pudieran surgir.
Existía un problema, no obstante, que requería la participación de, al menos, un miembro de su tripulación. Un hombre que, pese a los últimos acontecimientos, fuera capaz de cubrir su huida, su primer oficial.

Terminada la maniobra de atraque y amarrado el navío en el muelle, la oficialidad del “Carpantia” se preparó para recibir a bordo al inspector de aduanas. Un trámite que, si estaba en manos del funcionario público adecuado  se solventaría con rapidez, sin siquiera bajar a la bodega del navío, a cambio, desde luego, de una cifra en dólares americanos a convenir entre las partes.

Debido a la Ley Seca, impuesta durante aquellos años en Estados Unidos, el contrabando de alcohol se había convertido en un lucrativo negocio para aquellos que tenían el valor y el ingenio de saber camuflar su mercancía de forma adecuada.

En el caso del “Carpatia”, su tapadera era una empresa manufacturera afincada en Hamburgo.
Un negocio real y de una respetabilidad acrisolada.
El truco era que, entre la carga legal embarcada en Hamburgo, había varios cajones hábilmente falsificados, que habían sido transportados desde Pori con una mercancía muy “distinta” a la procedente del puerto Alemán.
De cuadrar el número de contenedores embarcados en el inventario de carga se encargaban en el mismo puerto de expedición. Un funcionario de aduanas alemán convenientemente “estimulado” modificaba los inventarios para que las cifras coincidiesen en destino.
De esta forma los contenedores que contenían el licor hubieran pasado los controles de aduanas sin problema.
Aún así, los “clientes” a este lado del Atlántico no querían correr riesgos y tenían en nómina a algún funcionario en cada puerto de destino. De esta forma se agilizaban los trámites enormemente y se impedía, de paso, cualquier molestia por parte de las autoridades locales.

En esta ocasión, el supuesto funcionario en cuestión resultó ser un sujeto delgado, de mediana estatura, rubicundo, de mirada dura, enfundado en una gabardina de color beige y tocado con el típico sombrero de fieltro gris tan de moda en aquellos años.
Desde luego una cosa estaba clara, en pocas palabras, a aquel individuo solo le faltaba llevar tatuado la palabra “policía” en la frente.
Llamaba la atención que el recién llegado no llegara al puente con ningún documento de control. Por el contrario, aquel sujeto se presentó en la cabina de mando con las manos metidas en los bolsillos de la gabardina y una mirada sombría.

– ¿Alguien habla mi idioma aquí? – Dijo en inglés, no bien estuvo ante los oficiales del navío, pronunciando estas palabras en tono gélido y saltándose cualquier saludo o fórmula de cortesía.

– Buenos días, Soy Karl Toivonen, capitán del “Carpatia”, y hablo un poco su idioma. – Dijo el finlandés en un inglés bastante pasable, mientras tendía la mano al recién llegado.

El antipático individuo ignoró el gesto amistoso del capitán y tras un breve repaso visual del lugar dónde se encontraban, replicó en tono monocorde:

– O´Hara – Inmigración – dijo mientras observaba detenidamente al capitán y sin la menor intención de presentar algún tipo de identificación que avalara su afirmación.

Toivonen y Maquinen intercambiaron miradas perplejos.  Un oficial de inmigración abordo de un garguero solo podía significar una cosa, las autoridades sospechaban que había pasajeros ilegales embarcados.

 – ¿Han recogido carga o pasajeros en Lituania o Polonia? – añadió a continuación.

El autoritario individuo volvió a hablar:

– Quizá no me han entendido –  dijo con ironía.

– ¿Hay pasajeros lituanos o polacos abordo? – dijo casi gritando y distanciando exageradamente las sílabas de cada palabra, como si se dirigiera a niños pequeños o retrasados mentales.

– ¿Lituanos?, Repitió Mäkinen confuso, – No, no ha embarcado ningún pasajero desde que salimos de Pori -Mintió el hombretón  con pésimo acento.

– El norteamericano miró entonces al desorientado marino con intención y, tomándose su tiempo, dirigió hacia este sus preguntas.

– Entonces, no les importará que revise personalmente la carga o, el pasaje. – respondió taimadamente el funcionario, enfatizando la palabra “pasaje” y sin apartar los ojos de los del primer oficial.

Un tenso silencio se adueñó entonces del estrecho espacio dónde se encontraban.  Mäkinen intentaba formular mentalmente una respuesta convincente. Por su parte, el  piloto y el jefe de máquinas se habían resignado ya a perder su codiciada recompensa o, quizá, a algo más.
Sin embargo fue Toivonen quién quebró aquel incomodo vacío con un aplomo que parecía irreal.

En efecto, cuando casi toda la oficialidad del “Carpatia” parecía temer lo peor, el capitán comenzó a reír de forma desenfadada, lo que provocó el asombro de todos, incluso del norteamericano.

– Por el amor de Dios O´Hara, dijo entre risas, – ¿Qué busca usted?. ¿Lituanos, polacos?, mejor rusos. ¿Qué le parece? – Bromeó.

A esas alturas el semblante del resto de los oficiales del “Carpantia” había adquirido el color blanco-amarillento del pergamino.
Sin embargo Toivonen había comprendido desde el primer momento las verdaderas intenciones del funcionario de inmigración. No estaba a buscando a los malditos rusos que viajaban a bordo, lo que quería era encontrar posibles refugiados del conflicto que se estaba desarrollando en el Báltico

– Mire, si cree que voy a violar un bloqueo soviético y después quebrantar las leyes de inmigración de su país para salvar el pellejo de unos cuantos refugiados lituanos debe tomarme por un idiota o un loco. – dijo limpiándose las lagrimas de risa con el dorso de la mano.
El funcionario norteamericano había ido adquiriendo, entre tanto,  un talante a medio camino entre perplejo e indignado, que se reflejaba perfectamente en el tono encendido de su rostro.
– Le advierto que este es un asunto muy serio – comenzó a decir.

– Si, si. Por supuesto, no me cabe duda. – Le interrumpió el bien humorado marino- No obstante,  y antes de que continúe, he de advertirle que puede registrar esta nave a su antojo y, como mucho,  encontrará en ella algo de vodka en las cabinas de la tripulación y poco más. – Añadió. – Sus colegas soviéticos ya han hecho ese trabajo por usted.

– ¿De qué está usted hablando?- Dijo el cada vez más confundido funcionario.

– Pues hablo del hecho de que la marina de guerra soviética ya abordó este barco frente a la costa lituana buscando exactamente lo mismo que usted está intentando hallar en este momento,  y con el mismo resultado que usted cosechará si sigue sus pasos. – dijo intencionadamente.

En ese instante O´hara pareció dudar. Miró inquisitivamente a Mäkinen, pero este, recuperada ya su habitual compostura, no mostró ningún indicio revelador, a favor o en contra, de los argumentos del capitán. El gesto del resto de los presentes resultaba igualmente inútil a la hora de presentar signos que rebatieran la veracidad de de las palabras de Toivonen .

– ¿Tiene usted algún documento que confirme sus palabras? – dijo con autoridad el funcionario.

– Por supuesto – dijo Toivonen. – Si me permite, y para ahorrarle esfuerzos innecesarios,  mi primer oficial traerá de la cámara de navegación el  informe redactado por las autoridades soviéticas sobre la inspección de este navío y su autorización para seguir travesía tras dar su visto bueno.

Makinen sintió como si una roca de gran tamaño golpeara su cara. Era incapaz de entender las intenciones de su capitán y mucho menos conocía de qué maldito informe estaba hablando.

– Disculpe a mi primer oficial, inspector. Él no entiende muy bien su idioma. – dijo Toivonen, y a continuación se dirigió a Mäkinen en su propia lengua.

Cualquier gesto de estupefacción desapareció al instante del rostro del segundo de abordo y Saludando con una breve inclinación de cabeza, partió, para reaparecer al cabo de unos minutos con un pliego en la mano.

– Aquí tiene, capitán- dijo en finés mientras entregaba el manuscrito a Toivonen.

– Gracias, Segundo- dijo el capitán en un inglés impecable mientras recogía el documento.

– Aquí tiene, inspector. – dijo Toivonen, entregando despreocupadamente el documento al norteamericano.

El documento en cuestión estaba redactado en ruso. Un idioma que, como el finés, resultaba incompresible para el funcionario norteamericano. Sin embargo había tres detalles que si resultaban legibles para él: la fecha del suceso, la situación geográfica del navío en ese momento (expresado en grados, minutos y segundos, latitud y longitud)  y el inconfundible sello del departamento de guerra soviético acompañado de una firma.

– Si quiere se lo puedo traducir – dijo Toivonen de forma distendida.

El funcionario no contesto mientras calculaba mentalmente los días de singladura.

– No es necesario – dijo al cabo, dando a entender que comprendía perfectamente el contenido de aquel documento. –  No obstante, insisto en inspeccionar este navío.- Añadió con rotundidad el norteamericano.

– Muy bien – dijo Toivonen haciendo un gesto despreocupado con los hombros. – Si quiere perder el tiempo es cosa suya.
– Mi segundo le acompañará a la bodega y, de paso, le ruego me informe si encuentran algo que no sea la carga que transportamos o las ratas que se alimentan de ella.

En ese momento el antipático funcionario se rindió y decidió que aquel era otro de tantos inofensivos mercantes a los que estaba obligado a inspeccionar debido a aquella estúpida directiva, dictada por algún ocioso mandamás, que complicaba sobremanera  su ya saturada jornada laboral día  a día.
Inspeccionar aquel nido de ratas, ¡ni hablar!. Además los rusos ya lo habían hecho por él.
Que hubiera un poco de vodka ilegal en aquel cascarón no era problema suyo.
El buscaba gente reclamada por su país. Gente que, obviamente no se encontraba a bordo de aquel mercante.

La actitud con la que el capitán de aquel buque se había tomado aquel asunto demostraba sin duda que no tenía nada que ocultar, como manifestaba el hecho de no oponerse a una inspección.
Por otra parte, aquel documento extendido por la marina de guerra soviética esclarecía enormemente las cosas. Nadie tan meticuloso como los soviéticos en asuntos de esa naturaleza.

– Creo que no será necesario – dijo al cabo. – Necesitaré, no obstante, una lista con los nombres, nacionalidades y funciones a bordo  de cada miembro de su tripulación para que conste en el registro de inspección.

– En eso podré complacerle inmediatamente – dijo Toivonen – Si tiene la amabilidad de acompañarme a la cámara de navegación, yo mismo le entregare esa lista.

– Desde luego he de advertirle que no ha bajar a tierra ni una sola botella de licor, de lo contrario incurrirían en un delito, según las leyes de este país. – dijo el funcionario no bien estuvieron solos.
– No obstante – añadió casi con timidez – No sé si sería posible adquirir, previo pago por supuesto, una botella de ese excelente licor suyo – añadió el funcionario esta vez en tono más amistoso mostrando un cierto rubor en su rostro.

Toivonen sonrió con deleite. Ese era el gesto que estaba esperando.
Ahora empezaban a jugar a su juego y en un terreno que él conocía perfectamente.
Aquello suponía un gesto de complicidad. La posibilidad de alcanzar un entendimiento que sobrepasaba los límites de la legalidad.

– Mi querido amigo – dijo Toivonen en tono ligero – No solo tendré el enorme placer de obsequiarle  con una botella de mi reserva personal, sino que,  demás, me gustaría que usted mismo probase el vodka, si me permite la libertad de invitarle a una copa. Ya sabe que en este momento se encuentra legalmente en suelo finlandés y aquí la bebida no es ilegal.

Durante un momento el funcionario receló de la oferta de Toivonen. Estaba claro que beber durante el desempeño de su cometido suponía, no solo una falta muy grave, sino, además un delito en su caso. No obstante  aquella no iba a ser la primera vez que echara un trago desde que empezara aquella absurda prohibición, ni tampoco la última.

– Es usted muy amable. La verdad es que no veo como pueda  rechazar una oferta tan cortés. –

Una hora y media botella de excelente vodka más tarde, el funcionario abandonó el navío, no sin antes ofrecer exageradas muestras de afecto a su anfitrión y tras dar un par de traspiés sobre  la pasarela que conducía al muelle.

Mäkinen acompaño a su capitán en la pasarela del puente mientras ambos contemplaban con humor como el funcionario avanzaba, no sin cierta dificultad, hacia tierra firme con un paquete cilíndrico bajo el brazo. Una vez allí, el norteamericano se volvió y saludó efusivamente a los dos marinos. Estos le devolvieron el saludo mientras aquel individuo retomaba su vacilante marcha.

– ¿Cuánto ha bebido? – dijo el segundo de abordo apenas conteniendo la risa.

– Casi media botella – contestó el capitán en un tono mucho más serio, y recordando que él mismo apenas había probado el licor.

– No es mucho, estos americanos no aguantan la bebida. – dijo el gigantón.

– Desde luego este no está acostumbrado a un vodka de ese calibre. En cualquier caso puede que mañana  nos haga una visita para devolvernos la botella que le he regalado, en vista de sus efectos.

– Por cierto, buena jugada la historia del salvo-conducto soviético. No quiero ni imaginarme las consecuencias de esa maniobra  si ese tipo hubiera entendido ruso.

Toivonen se encogió de hombros.

– Era un disparo a ciegas – Dijo – se  trataba de la única posibilidad de evitar una inspección, habida cuenta que nuestros “huéspedes” se hallan instalados cómodamente y bien a la vista.
– Eso me recuerda que nuestros invitados deberían ocupar su antigua estancia en la bodega. Al menos mientras el “Carpatia” se encuentre atracado en Newport.

– Mäkinen asintió con la cabeza.

– ¿Qué pensarían los soviéticos si conocieran el efecto  que ha provocado un inofensivo recibo extendido  a cuenta de la donación de varias caja de vodka a su armada?. – dijo al cabo.

Toivonen no dijo nada mientras releía mentalmente el contenido del documento en ruso que poco antes le había mostrado al inspector norteamericano.

“Sirva este documento como justificante y recibo de la cesión voluntaria, por parte de la tripulación del “Carpatia” y por orden de su capitán, de diez (escrito en letra) cajas de vodka a la gloriosa armada soviética. Como tributo y homenaje a sus heroicos y leales miembros, y para sostén de estos”.
Se citaba además el lugar (especificado en términos cartográficos) y la fecha en los que se había producido la “donación”.
Todo esto escrito con el pulso firme y la elegante caligrafía del Teniente Ivan Dimitriev, Infante de Marina y héroe de la gran guerra, amén del sello del departamento de la marina de guerra soviética.

El curtido marino sintió un escalofrío recorrer su espalda al percatarse de cómo el destino se había aliado con aquel que había arruinado su vida.

 

 

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