10 – Preparados para la guerra (C-45)

normandia

 La climatología había cambiado radicalmente durante las últimas horas y la lluvia que llevaba empapándolo todo desde el medio día era cada vez más copiosa.
Hacía tres horas que el sol se había puesto y la oscuridad, apenas horadada por la tenue luz procedente de los cobertizos del muelle, envolvía al navío como negro sudario.

Todo parecía en calma a bordo. No se distinguía ni un alma en el exterior del barco, pero, a pesar de las apariencias, a aquellas horas varios pares de ojos vigilaban expectantes, insomnes, atentos a cualquier movimiento anormal sobre cubierta o en el muelle.

Las pasarelas a tierra habían sido retiradas, los amarres eran vigilados por hombres armados y  las escotillas que daban al exterior habían sido aseguradas desde dentro.
En el “Carpatia” nadie dormiría la noche víspera del regreso a Pori.

Toivonen contemplaba ensimismado el lento transcurrir de los minutos en un viejo reloj atornillado en la pared.
Aquella pequeña cabina que le había servido de hogar durante los últimos años se le antojaba ahora extrañamente acogedora a pesar del escaso mobiliario que contenía y su espartana decoración.
Una pequeña mesa  supletoria se hallaba ante él. Sobre ella, una botella de whisky de Kentucky, prácticamente llena, y dos vasos a los que apenas se les había robado un sorbo del dorado licor que contenían.
La razón de que hubiera un segundo vaso era que, hasta poco antes, Mäkinen  había acompañado Toivonen  en aquella estancia, brindando con el que, hasta ese momento, había sido su capitán y siempre sería su amigo.

– Por tu nueva etapa en tierras americanas, salud y suerte – Había dicho escuetamente el hombretón mientras entrechocaba su vaso con el de Toivonen.

Por su parte, el hasta entonces capitán del “Carpantía”, deseó en silencio que aquella sensación de apremio, de peligro inminente, que percibía desde que arribaran a aquellas costas, no fuera sino un efecto de su naturaleza desconfiada.

Durante aquella velada hubo pocas palabras. No eran necesario entre camaradas que se conocían desde niños.
Sin embargo, los largos silencios resultaban más elocuentes que cualquier sentimiento expresado en voz alta.
La nostalgia por los gratos, y no tan gratos, momentos vividos durante todos aquellos años de peripecias a bordo de aquel barco, así como la tristeza por la inminente separación, presidieron desde el primer momento la que sería última reunión a bordo entre los dos marinos.

Mäkinen había aceptado con tranquilidad, aunque con más de una objeción, la decisión de su amigo desde que este le pusiera al corriente de sus planes hacía poco.
Después de todo aquella parecía la salida más lógica para aquel hombre dividido entre el deber para con su tripulación y la profunda nausea que, sin duda, le provocaba aquella pandilla de codiciosos rufianes que le habían dado la espalda y por los que se sentía traicionado.
Toivonen se había visto implicado en todo aquel asunto contra su voluntad y se encontraba  totalmente coaccionado por aquellos hombres.
Por otro lado era evidente que la suculenta recompensa ofrecida por los rusos no había tentado ni lo más mínimo a aquel hombre.

A pesar de todo, el primer oficial del “Carpatia” había abrigado la secreta esperanza de que el capitán, una vez aceptado el chantaje de la marinería, decidiera adherirse a la corriente general y llevar aquel asunto hasta sus últimas consecuencias, aceptara la recompensa o no.

Mäkinen creía que Toivonen había dado un gran paso en esa dirección cuando decidió aprovisionarse de armas durante la escala en Hamburgo, camino del continente americano.

Durante aquellos difíciles años tras el fin de la gran guerra,  en muchos países, pero especialmente en Alemania, había surgido un pujante mercado negro alrededor de los excedentes de armamento.
Hundida económicamente, humillada por las grandes potencias y con un gran arsenal oculto (buena parte de él en manos privadas), Alemania era el terreno fértil que necesitaban todo tipo de especuladores sin escrúpulos, funcionarios corruptos y otros personajes que medraban merced al negocio de la violencia.
De esta forma, era relativamente fácil, si se conocían los contactos necesarios, hacerse con cualquier arma (o con una buena cantidad de ellas), siempre que se pudiera responder al pago exigido y, además, hacerlo en una divisa fuerte.

Toivonen conocía quién podía promocionarle las armas que necesitaba y, además, estaba en disposición de pagar en dólares americanos ya que sus “negocios” privados en Norteamérica le habían permitido reunir una nada desdeñable suma de dinero en moneda de ese país.

No bien el barco estuvo amarrado y se hubieron superado los habituales trámites burocráticos en el puerto alemán, Toivonen había activado todos los resortes a su alcance para concertar, lo antes posible, una reunión con un conocido traficante local, proveedor habitual de marinos y rufianes que operaban en la zona portuaria.
La reunión tuvo lugar en un discreto establecimiento cerca del puerto, bien conocido por todo tipo de delincuentes, traficantes y contrabandistas, locales y foráneos.

Era ya de noche cuanto Toivonen entró en el “Retiro de Neptuno”, acompañado por Mäkinen. El local se encontraba bastante animado a esa hora y su proveedor ya les estaba esperando.

En aquel apartado rincón del local que utilizaba para hacer negocios, Hans Vangler escuchó sin mover un músculo las demandas de sus clientes.
El traficante se encontraba acompañado por otro sujeto con apariencia de ex-combatiente y, aparentemente, la misma capacidad de movimiento  que una estatua.

Vangler tenía el típico aspecto del militar prusiano. Pulcro, poco hablador y de gestos parcos pero precisos. Otros detalles como la costumbre de caminar o sentarse exageradamente erguido o su peculiar corte de pelo hacían sospechar que aquel hombre había servido a bajo órdenes del Imperio durante un largo periodo de su vida, algo que el sujeto en cuestión jamás se había preocupado en afirmar o desmentir ante nadie.
Conocía a Toivonen desde hacía más de una década y había puesto en marcha con él todo tipo de lucrativas operaciones “comerciales” a lo largo y ancho del Báltico, las frías aguas del mar del norte y aún más allá de este.
Podría decirse que el marino finlandés era, digamos, un viejo conocido en quién se podía confiar, si es que eso era posible en aquel siniestro y traicionero mundillo.
Por ese motivo le pareció bastante irregular el tipo encargo que le estaban proponiendo, más que por la clase de mercancía que aquellos hombres le pedían, por el hecho de que fuera para su propio uso.

– ¿Qué sucede Karl, pretendes invadir un pequeño país?. Pensaba que no eras partidario de tener demasiada artillería abordo – Dijo el Alemán, no bien su interlocutor hubo concluido su exposición.

– Lo que vaya a hacer con esa mercancía es cosa mía. Necesito ese material y lo que quiero saber ahora es si es posible conseguirlo en cuarenta y ocho horas. .- Dijo secamente Toivonen.
Cuarenta y ocho horas era el plazo máximo que disponían para conseguir las armas antes de zarpar.

– Puede hacerse.- dijo el impasible individuo, después de meditar someramente sobre las exigencias del marino mientras bebía un largo trago de cerveza.- Pero eso supondrá una sobretasa por las molestias adicionales. – Añadió, dejando tranquilamente la jarra sobre la mesa.

– Espero que para un viejo camarada esa sobretasa no sea demasiado alta.- Dijo el finlandés intencionadamente.

– Eso no depende de mí. Ya sabes que existen determinados trámites burocráticos que requieren estímulos de naturaleza digamos “económica” para poder ser agilizados. Además, nuestro común amigo en aduanas se juega algo más que su puesto de trabajo si se descubre, producto de la precipitación, con quién están sus lealtades.
Creo que lo justo es compensarle por ese riesgo en aras de una fructífera y duradera relación en el futuro.

Toivonen asintió y se encogió de hombros.

– Dejo todo eso en tus manos.

El capitán del “Carpantia” sacó entonces un pequeño paquete del bolsillo derecho de su chaqueta  y lo depositó sobre la mesa frente al alemán.

– Quinientos. – Dijo escuetamente el finlandés. – Eso debería cubrir sobornos, compensaciones, sobretasas y los primeros trámites para la adquisición de la mercancía.

Vangler miró el fajo de billetes envueltos en papel de estraza y asintió. – Es suficiente de momento. – Dijo, mientras guardaba el dinero en la bandolera que había traído consigo, sin molestarse en contarlo.

– Todavía no hemos hablado de tu comisión – Dijo el finlandés.

El alemán hizo entonces una mueca con la boca. Una sonrisa torcida que los que habían llegado a conocerlo bien, como era el caso de Toivonen, podían interpretar como un gesto sarcástico.

– En esta ocasión dejemos que sea el proveedor el que asuma ese gasto. – y, a continuación, termino de un trago la cerveza que aún quedaba en su jarra.

Toivonen interpretó perfectamente lo que aquel hombre había querido transmitirle con aquel gesto.
Era absolutamente irregular que un intermediario en una compra de armas renunciara a la parte de la comisión que percibía del comprador, generalmente el cincuenta por ciento o más de sus honorarios. Más aún si el intermediario en cuestión era Hans Vangler.
Era obvio que el alemán estaba ofreciendo ayuda  a Toivonen, fuera lo que fuese en lo que este anduviera metido, y con el gesto de terminar su bebida de golpe le estaba ofreciendo una escusa al finlandés para tener una charla privada.

– En ese caso permíteme que te invite a beber. Dejemos que nuestros segundos  se ocupen de los detalles. – Dijo Toivonen.
El alemán asintió e, inmediatamente,  hizo un gesto a una de las camareras para que trajera bebida.
Sobraban los comentarios. Sin mediar palabra los dos acompañantes abandonaron la mesa para ir a sentarse al otro lado de la abarrotada sala. Allí permanecieron mientras sus patrones mantenían una breve pero significativa conversación.

– ¿Tan grave es? – Dijo Vangler, no bien hubieron estuvieron a solas.

– Aún no lo sé, pero quiero estar prevenido. – Contestó Toivonen.

El alemán mantuvo la mirada fija en el marino. No hacía falta ser un genio para advertir que su interlocutor estaba preocupado, seriamente preocupado. Algo extraordinario en un hombre con el aplomo del finlandés.

– ¿Cuanto hace que nos conocemos, Karl?, ¿once, doce años?.

– Catorce, desde aquel asunto de los pesqueros en las Lofoten.  Fue nuestro primer negocio en común.

– Creo que desde entonces hemos vivido algunas cosas juntos. Incluidos algunos episodios bastante “complicados” de la historia reciente de este continente.  – Dijo Vangler.

– Sé que no te gusta, pero tengo que recordarte que te debo la vida desde aquel negocio fallido en Normandía. Si no hubieras esperado en aquella ensenada dos días más de lo que habíamos acordado ahora mis huesos descansarían en una fosa común de alguna guarnición militar francesa.

Toivonen rememoró aquel episodio sucedido hacía tres años, una operación fácil y muy lucrativa sobre el papel, dónde en vez de presentarse los compradores apareció el ejército francés.

Allí y entonces los traficantes de armas solo podían esperar la muerte por decapitación si eran aprehendidos, por lo que la reacción de Vangler y sus hombres fue la esperada dadas las circunstancias, huir abriéndose camino disparando.

Toivonen, por su parte, algo alejado del inesperado encuentro y alertado por el tiroteo, había conseguido huir del lugar a tiempo.

Solo Vangler de entre los suyos consiguió romper el cerco de los soldados franceses, sus seis hombres cayeron producto de los certeros disparos de los militares.

Malherido y agotado, había conseguido eludir a sus perseguidores durante casi dos días amparándose en la complicada orografía y el gran número de grutas naturales de la costa.  Pero, al anochecer del segundo día de persecución, los franceses habían conseguido acorralarlo en una pequeña rada, la misma ensenada dónde el “Carpatia” debió estar esperándole dos días atrás.

La luz decaía rápidamente pero, merced a la menguada visibilidad con que  la aún contaba, fue capaz precisar que el navío no se divisaba contra la monótona y desierta superficie marina.
Aquel fue el golpe de gracia a las ya menguadas esperanzas del exhausto fugitivo.

Deshecho, se dejo caer de rodillas sobre el rocoso terreno mientras contemplaba con impotencia el vasto océano.

Como en un sueño oía como se acercaban sus verdugos. Verdugos sí, ya que a aquellas alturas, tras haber tenido en jaque a los  militares y haberlos conducido a una persecución agotadora durante dos días, resultaba extremadamente improbable que aquellos hombres le concedieran siquiera la gracia de internarlo en algún calabozo en espera de su ejecución.

De todas formas, el instinto de supervivencia y su entrenamiento como militar le hicieron evaluar una vez más la situación en busca de una salida.
Casi sin munición en su M1911, agotado, con un brazo prácticamente inservible, un feo arañazo de bala en la sien y sus perseguidores cada vez más cerca, la cosa pintaba francamente mal para él.  Aún así decidió descender para intentar encontrar una senda al pie del acantilado o, al menos, algún agujero dónde esconderse.

Apenas había dado diez pasos cuando oyó fuertes voces a su espalda y una detonación.
El proyectil pasó muy cerca de su cabeza, produciendo un sonido agudo al sobrepasar su posición.
Vangler se dejó caer al suelo inmediatamente para, a continuación, empezar a arrastrarse, pistola en mano, hasta un grupo de peñascos a su izquierda.
El disparo había sido efectuado a no más de ciento cincuenta metros y justo por encima de donde se encontraba. Eso significaba que sus perseguidores estaban mucho más cerca de lo había supuesto.
Mientras reptaba hacia el parapeto de piedra varias balas más pasaron silbando por encima de su cabeza.
Afortunadamente la falta de luz y lo accidentado del terreno entorpecía enormemente la puntería de los tiradores franceses. En otras circunstancias, y a esa distancia, probablemente ya hubiera pasado a ser alimento para gaviotas.

Una vez alcanzado el promontorio rocoso, Vangler se dejó caer tras una piedra. Respiraba agitadamente y el dolor del brazo era insoportable pero no perdió ni un segundo en recuperarse.
Con la mano útil  y ayudándose con las piernas, extrajo el cargador de la automática.

– “tres balas, dos en el cargador y una en la recámara. Quizá debería guardarme una para mí. Si esos tipos me cogen vivo no creo que me lo hagan pasar muy bien”. – Pensó, para, a continuación, volver a introducir el cargador y amartillar el arma.
Espió la posición de sus perseguidores  por entre los resquicios que dejaban dos bloques de piedra, para comprobar con satisfacción que aquella formación rocosa en la que se refugiaba debía dejar una zona ciega desde el punto de observación de los franceses, que abarcaba desde  su posición hasta una zona de vegetación alta, un poco más abajo, facilitando de esta forma una posible huida en esa dirección.
En ese momento creyó distinguir en la penumbra, y a no más de setenta metros, la silueta de un hombre armado. Oyó el ruido del cerrojo del arma y como después el soldado aguantaba la respiración en busca de un sonido que delatara la posición de su blanco.
Vangler cogió con cuidado un guijarro y lo arrojó unos metros a la derecha de donde se encontraba. El disparo del tirador al acecho no tardó en oírse ni medio segundo desde el momento en que aquel fragmento de piedra chochó contra el suelo rocoso.

Mientras el soldado francés comprendía que había caído en una trampa y perdía unos preciosos segundos en volver a accionar el cerrojo el fusil para extraer el casquillo vacío y recargar el arma, Vangler, que ya tenía la pistola preparada, apuntó y disparó un poco más abajo y a la derecha del punto donde había visto el fogonazo del disparo de su oponente.

En aquel momento sucedieron varias cosas casi simultáneamente. Por un lado no pudo apreciar, debido al fogonazo de su propia arma, como la oscura silueta del tirador enemigo era proyectada hacía atrás como sí un puño gigante le hubiera asestado un terrible golpe en el pecho, pero si pudo oír el sonido del cuerpo al caer después de la detonación y el agudo lamento que profirió el herido inmediatamente después.
Por otro lado oía nítidamente las voces de alarma, las maldiciones de los compañeros del caído y el ruido de sus cuerpos chocando contra el suelo para protegerse del fuego hostil.
Por último, no podía dejar de pensar en que el disparo que acababa de efectuar había delatado definitivamente su posición, por lo que, casi antes de que el cuerpo del hombre que acababa de abatir tocase el suelo, ya se encontraba corriendo, casi a ciegas, ladera abajo.

Mientras el caído emitía sus últimos gemidos agónicos se oyeron algunos disparos. Sin embargo estos no supusieron ningún riesgo real al impactar contra el parapeto de piedra en el que se había refugiado. Como había sospechado el alemán, el montículo rocoso que acababa de abandonar le había puesto a cubierto del escrutinio de sus perseguidores.

Para cuando los franceses decidieron avanzar, Vangler ya se había adentrado en la zona de vegetación más alta, donde empezó a progresar más despacio pues la oscuridad era ya casi absoluta y temía tener un mal tropiezo que diera con sus huesos en el fondo de un barranco. Por otra parte, ahora que los perseguidores habían comprobado que el alemán aún disponía de un arma cargada no se animaron a utilizar linternas para acelerar la marcha. Aquello hubiera supuesto una sentencia de muerte para el hombre que portara la luminaria, un blanco fácil para un buen tirador, así que no avanzaban mucho más rápidamente que el alemán.

Habría transcurrido aproximadamente una hora desde el incidente del promontorio rocoso cuando la luna apareció por fin por el este. Afortunadamente el cielo se encontraba inhabitualmente despejado aquella noche por lo que el astro conseguía iluminar someramente el irregular paisaje.

A esas alturas Vangler ya se encontraba prácticamente a la altura del agua.
Después de los primeros momentos tras su huida desde el montículo, el agotamiento había empezado a embotarle lentamente cuerpo y mente. Aún así el traficante había intentado avanzar en zigzag para poner las cosas difíciles a sus perseguidores, desplazándose en ocasiones a cuatro patas para tantear el terreno que era incapaz de distinguir delante de él. Sin embargo, y hasta el momento en que dispuso de algo de luz, fue  incapaz de determinar con certeza su situación.
En ese momento pudo comprobar con satisfacción que se encontraba un poco a la derecha y por encima de la playa de guijarros en la que había desembarcado al inicio de aquella accidentada aventura, y si la memoria no le fallaba, había un pequeño sendero que partía desde la playa hacia su derecha para ascender por las estribaciones de ese lado hasta un camino que discurría por encima del acantilado.
Si conseguía llegar a esa senda antes que los franceses quizá tuviera alguna oportunidad de escapar.

Avanzaba, corrigiendo su posición conforme lo que recordaba del terreno a la luz del día cuando, quizá, producto de la extenuación o debido a un lance cruel del destino,  tropezó con una raíz semienterrada y, perdiendo el equilibrio, fue a caer por un pequeño cortado sobre los cantos rodados de la playa.
La caída no fue desde mucha altura, apenas tres o cuatro metros, pero desafortunadamente, incapaz de reaccionar con agilidad al repentino traspiés, la fortuna quiso que fuera a caer sobre una de las piernas, destrozándose el tobillo al impactar contra la irregular superficie.

Desesperado escuchó el seco sonido del hueso al quebrarse, semejante al de una rama seca al partirse y, al instante, comprendió que desde ese momento la huida a pié sería imposible.

Incapaz de contener su frustración y víctima de un intenso dolor no pudo evitar escupir entre dientes una maldición en su propia lengua, y entonces sucedió lo impensable.

Al principio pensó que se trataba de una alucinación producida por el shock de la caída, pero al cabo volvió a oír una voz que le llamaba por su nombre.

– Hans, ¿eres tú?. – Dijo la voz susurrando, en un aceptable alemán con fuerte acento nórdico y  desde apenas unos metros de donde se encontraba.

– ¿Qué?, ¿quién?. – Atinó a decir el conmocionado traficante, en voz demasiado alta, dadas las circunstancias.

– Por el amor de Dios, baja la voz antes de que nos vuelen la cabeza. – Dijo la voz susurrante.

Dos figuras emergieron de la zona de sombras que proyectaba la pared a espaldas del maltrecho fugitivo y avanzaron hasta donde se encontraba.

– Rápido, esos malnacidos están cerca. ¿Puedes andar? – le apremió una voz familiar.

Vangler sintió una oleada de júbilo al reconocer a Toivonen en uno de los dos sujetos que habían aparecido de forma tan dramática.

Karl, ¿Qué haces aquí?,  ¿cómo, cómo me has encontrado? – tartamudeó el sorprendido contrabandista. – Tú escapaste, el “Carpatia” no estaba. Yo estoy, estoy confuso. –

Aferró de frenéticamente el brazo del marino como si temiese que se tratara de una aparición que fuera a desvanecerse en cualquier momento.

-Llevamos dos días jugando al gato y el ratón con la armada francesas. Durante el día permaneciendo en alta mar y al anochecer acercándonos con sigilo a la costa para intentar localizar supervivientes. – Aclaró el finlandés. – Has tenido suerte, nos habíamos fijado esta noche como plazo máximo para abandonar estas costas.
¿Alguien más lo ha logrado?.

El Alemán negó con la cabeza.

– ¿Pero cómo has sabido que era yo? – dijo, recordando que el marino parecía saber quién era, casi desde antes de que hubiera pronunciado una palabra siquiera.

– Verás, no resulta habitual oír maldecir en alemán en este rincón del mundo. Pero lo que realmente nos puso en alerta fue la voz de tu arma hace un rato. Ese 45 que llevas hace un sonido muy peculiar al disparar. Desde entonces Mäkinen anda preparando una pequeña distracción para esos lebreles que te siguen.

Mientras hablaban, el individuo que acompañaba a Toivonen  examinó la pierna que Vangler se había lastimado al caer.
El herido profirió un grito contenido cuando Frank Müller, jefe de máquinas del “Carpatia” llegó al tobillo.

– Está roto, tendremos que moverlo entre los dos. . – Dijo Müller, dirigiéndose a Toivonen. – Cuidado con el brazo, también está herido – Añadió.

– Vamos amigo, pon algo de tu parte. El bote está cerca.

Ambos hombres incorporaron al herido sin dificultad para, a continuación, transportarlo prácticamente sin tocar el suelo hasta una cornisa de roca a unos setenta metros de donde Vangler había caído.
En ese lugar, bajo el alero de piedra, se hallaba, oculto en la oscuridad, un esquife con tres hombres a bordo, los cuales en cuanto vieron acercarse a los otros dos marinos sujetando al herido salieron a su encuentro para ayudar a transportarlo.

– Passini, haz la señal. Los demás ayudadme a embarcar a Vangler.
– Deprisa, hay que meter el esquife en el agua.- Ordenó Toivonen.

Uno de los marinos encendió un pequeño farol, manipulado para aquel tipo de maniobra, y lo movió horizontalmente tres o cuatro veces, hizo una pausa de varios segundos y volvió a desplazarlo de la misma forma.
El artefacto en cuestión emitía una luz rojiza y disponía de una pantalla opaca desmontable que podía  instalarse de tal forma que obstaculizara la visión de la luz desde el lado donde estaba montada. De esta forma el suave destello rojizo resultó invisible desde el lado de tierra por donde había descendido el alemán, pero no así desde el frente o desde el océano.

Mientras el bote entraba en el agua, el marino encargado de las señales luminosas pudo advertir una señal luminosa intermitente que procedía del otro lado de la playa.
Sin perder tiempo se acercó al esquife e informó a Toivonen.

– Ha contestado, viene hacía aquí-.

– Bien, ¡preparad la armas y atentos a cualquier movimiento en tierra!.

Los hombres sacaron dos fusiles Mauser 98 de sus envoltorios de lona embreada e introdujeron los peines de cinco balas en sus respectivos cargadores fijos. Por su parte,  Müller empuñó su revólver Rast-Gasser M1898 y Toivonen hizo lo mismo con el Smith & Wesson M&P calibre 38 que portaba.

Durante unos segundos, que parecieron una eternidad a todos, se mantuvieron las posiciones escudriñando toda la zona que resultaba visible desde su posición.
De pronto empezaron a sonar una serie de detonaciones que procedían del otro extremo de la playa, justo detrás del rompeolas natural que la limitaba por el sur.
Las pequeñas explosiones podían ser debidas perfectamente a disparos efectuados con armas ligeras. En cualquier caso ninguno de los miembros de la tripulación del “Carpatia” pareció sorprenderse de aquello.

– “Empieza la fiesta”.- Pensó Toivonen.

 Por su parte el herido, postrado en el fondo del bote y al borde de la inconsciencia, apenas era capaz de percatarse de lo que estaba pasando.

Transcurrieron varios minutos de espera durante los cuales la tensión fue en aumento. Dos hombres en tierra y tres  embarcados, la mayoría con armas preparadas para ser usadas y todos con el estómago encogido.
Por fin un leve chapoteo apenas perceptible anunció que alguien se acercaba. Al parecer un hombre a pié avanzaba con precaución siguiendo la línea de la playa, justo donde las olas tocaban tierra.

– ¡Atentos!.- Ordenó Toivonen voz en cuello. – ¡Los dedos quietos en los gatillos  hasta que comprobemos de que se trata.

Enseguida, una silueta humana se hizo visible a poco más de una veintena de metros de donde se encontraban. Se trataba de Mäkinen, que regresaba de poner en marcha su plan.

– Creo que se lo han tragado.- Dijo al capitán en cuanto llegó resoplando al bote. – He podido distinguir un nutrido grupo corriendo hacia donde he montado la “fiesta”. Pero no creo que eso les entretenga mucho tiempo.

– Movámonos, aquí somos carne de cañón. – dijo Toivonen.

No bien el capitán hubo terminado de susurrar su orden, entre todos deslizaron el esquife sobre la playa contra el suave oleaje.
En cuanto la pequeña embarcación estuvo a flote, cuatro hombres, incluido el propio Müller, se pusieron a los remos para imprimir un enérgico y frenético ritmo a los mismos.
Era evidente que aquellos sujetos estaban más que acostumbrados a situaciones como aquella, ya que cada uno conocía perfectamente su cometido. Cuatro hombres a los remos, los mejores dotados para esa tarea, y dos hombres, Mäkinen y el propio Toivonen, los tiradores más hábiles,  armados con los dos Mauser,  en la popa de la embarcación, la parte del esquife orientada hacía una posible respuesta hostil desde tierra.

El bote se encontraba ya a más de doscientos metros de la estrecha playa de guijarros en dirección al navío que le esperaba, merced al excelente trabajo de los hombres a los remos, cuando los perores temores se confirmaron.
Varios gritos de alarma desde tierra delataron que su posición había sido descubierta.
Una descarga de fusilería varios segundos después, tras oírse la tajante orden en francés de un suboficial, no dejaba lugar a dudas.

Los proyectiles cayeron alrededor de la nave, algunos peligrosamente cerca.

– ¡Atención!, es necesario sobrepasar aquel saliente rocoso a estribor, si alcanzamos esa posición nos cubriremos y las rocas nos permitirán distanciarnos algo más de la costa- Gritó Toivonen, ya sin ninguna precaución y señalando con el cañón del fusil un peñasco a la derecha de dónde se encontraban.

Las balas volvieron  a caer. Esta vez una de ellas hizo saltar astillas en el fondo de la embarcación y abrió una pequeña vía de agua en la misma, pero no hirió a nadie a bordo.

-¡Malditos cabrones!, Grito Müller – Nos van a echar a pique.
– Eso si no nos acribillan antes- dijo Mäkinen- , esos malnacidos tienen un tirador muy bueno y con esta luz y desde una posición elevada debemos ser un buen blanco-, dijo casi en un susurro a Toivonen.

Toivonen realizó un análisis rápido de la situación. Cuatro o cinco detonaciones en cada descarga. Se trataba de un pequeño grupo de hombres separados del grupo principal. Al mando, probablemente de un suboficial eficiente, con una excelente formación y gran experiencia, al que la llamativa maniobra de distracción de Mäkinen no había conseguido engañar.
Un hombre así se rodea de soldados muy competentes y, desgraciadamente para los propósitos del capitán del “Carpatia”, letales. – Pensó y, a continuación sonrió.

– Mäkinen- Bramó – Fuego rápido, un solo tirador. – A continuación, y sin esperar respuesta, fijó el alza de su arma en doscientos cincuenta metros de alcance, mientras las balas volvían a llover alrededor, y comenzó a disparar en dirección a dónde se había procedido la última descarga.

Aproximadamente un disparo cada segundo y medio.
El tiempo preciso para disparar, acerrojar y volver a apuntar el arma para un tirador experto. Toivonen hizo llover balas sobre los soldados franceses, demasiado agrupados para no sentirse vulnerables a esa distancia.
Un solo tirador significaba que cuando uno de los dos tiradores descargaba el arma el otro ocupaba su lugar, mientras el primero recargaba. De esta forma se mantenía una cadencia de tiro rápida y sin pausas.

No es fácil disparar así de noche y desde una nave en movimiento. Sin embargo, aquellos dos hombres estaban más que acostumbrados a hacerlo, por lo que los disparos resultaron ser mucho más certeros de lo que los militares franceses hubieran llegado a suponer.
Por mucho que se parapetaran, las balas podían alcanzarles igualmente si rebotaban (y eso era sucedía en la mayoría de las ocasiones) en la irregular orografía rocosa dónde se hallaban.

Las descargas de fusilería comenzaron a distanciarse en el tiempo a la vez que resultaban menos precisas producto de la prudencia.
Mientras tanto el esquife se alejaba metro a metro en dirección al saliente rocoso que Toivonen había fijado como meta para la salvación.

Ya casi lo habían alcanzado cuando retumbó una sola detonación desde las rocas. Un disparo a más de cuatrocientos cincuenta metros, realizado prácticamente sin ángulo y con escasa luz.

Al oír la lejana detonación Toivonen tuvo un mal presentimiento y contuvo la respiración. Había transcurrido una notable cantidad de tiempo desde la última descarga y, a esa distancia, había llegado a suponer  que los franceses habían desistido de cobrarse su presa. Sin embargo aquel lapso había servido para que su mejor tirador preparase su último disparo, probablemente ejecutado desde un Fusil Lebel, un arma extremadamente fiable y precisa, cuyo alcance efectivo superaba ampliamente los tres mil ochocientos metros de distancia.

Hasta ese momento el tirador que disparaba a bordo era Mäkinen, por lo que resultaba probable que el tirador francés hubiera fijado como referencia el fogonazo del último disparo del Finlandés. Al comprender esto Toivonen trató de advertir al segundo de abordo al tiempo que se abalanzaba sobre él para apartarlo de la trayectoria de la bala. Sin embargo no llegó a concluir ninguna de las dos acciones, ya que el hombretón, hasta ese momento sentado sobre el fondo del esquife apoyando el arma sobre la borda,  cayó  hacia atrás contra la espalda de uno de los hombres que remaban.
Todo esto sucedía en el momento en el que la pequeña embarcación doblaba la punta del saliente de roca, poniéndose definitivamente fuera de alcance de los tiradores franceses.

La alarma y el desconcierto se apoderó de aquellos hombres. Como producto del impacto del corpulento hombretón contra los dos remeros más cercanos a proa, estos fueron desplazados hacia adelante, estorbando a los otros dos hombres a los remos.

Toivonen temió lo peor al advertir que Mäkinen había quedado tendido en el fondo de la embarcación.
Sin embargo no tardo en escuchar, con indescriptible alegría, las maldiciones e insultos del segundo de abordo, quien entorpecido por los hombres a los que acaba de derribar comenzó a incorporarse con dificultad.

– ¿Estás herido? – dijo Toivonen, no bien se hubo recuperado de la sorpresa.

– Solo en mi orgullo – bufó el hombretón sin dejar de maldecir por lo bajo. – ¿Alguien ha visto mi gorra?. – Añadió.

Cuando por fin consiguieron examinar al Mäkinen, a pesar de sus protestas, pudieron advertir una herida que sangraba abundantemente en la zona superior de la cabeza del hombretón.
No obstante, al limpiar la herida se constató con alivio que solo se trataba de un feo arañazo.
En efecto, el proyectil del tirador francés solo había rozado la robusta cabezota del finlandés, haciendo volar su gorra y arrancando un pequeño fragmento de cuero cabelludo, lo que explicaba la pequeña hemorragia en la cabeza.

– Parece que el ejército francés no está de acuerdo con tu forma de peinarte, Segundo – Bromeó Passini. – Te han hecho la raya al otro lado. –
La ocurrencia del italiano arrancó carcajadas de la mayoría de los presentes y un gruñido amenazante del gigantón herido.
No obstante Toivonen, quién no había bajado la guardia a pesar del alivio que sentía, no estaba dispuesto a perder un segundo más en aquellas costas.
– ¡A los remos!, no estamos a salvo. Ya tendremos tiempo de tratar esa herida en el barco. Si los franceses alcanzan la zona alta de este promontorio estaremos en la misma situación que hace un momento y ese tirador ya ha tenido demasiadas oportunidades-.

 Los hombres se pusieron a los remos con presteza. En esta ocasión, no obstante, Mäkinen sustituyó a Passini en su puesto. Al parecer el Segundo de a bordo necesitaba liberar la frustración que llevaba dentro haciendo trabajar sus músculos. Eso, más que ninguna otra señal, terminó de convencer al capitán del “Carpantia” de que la herida de su amigo no era importante.

Merced a la habilidad y energía de los hombres a los remos, la pequeña embarcación comenzó a ganar distancia, alejándose definitivamente de aquel litoral hostil.

No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde su accidentado rescate en la playa, y aunque nunca llegó a perder el conocimiento completamente, Vangler había sido testigo de aquel episodio como si este se hubiera tratado de una secuencia inconexa de acontecimientos, que se sucedían confusamente unos a otros, y que había vivido desde su debilidad, postrado en el fondo de aquella pequeña nave.
Al final, con la mente algo más lúcida, consiguió reunir las escasas fuerzas de que disponía y, con ayuda de Passini, logró sentarse sobre el fondo del esquife.
Empapado, aterido y exhausto, contempló como la oscura figura del “Carpatia”, carente de toda iluminación y con las máquinas paradas, se hacía más grande en aquel océano de tinta, lejos ya de los peligros de la costa, mientras la pequeña embarcación en la que se encontraba se acercaba al vapor a golpe de remo.

Contempló la alta figura, de pié en la popa de del esquife,  embozada en un grueso capote de lona manchado de salitre,  que hacía oscilar rítmicamente una linterna cuya luz apuntaba al navío del que era capitán.
En aquel momento, en medio de su recién restablecida lucidez, Vangler  comprendió la envergadura del acto de desinteresado heroísmo del que había objeto, y aceptó sin reservas  que jamás podría pagar la deuda de gratitud contraída con aquel hombre, que había arriesgado su nave, su tripulación y su propia existencia, para salvarle la vida.

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