11 – Adiós, Carpatia

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Mientras Toivonen consumía sus últimos minutos a bordo del  “Carpatia” No podía dejar de pensar en lo que abandonaba tras de sí.

Gran parte de su vida había transcurrido embarcado.
Durante ese periodo había servido en infinidad de navíos bajo distintos pabellones. En ellos había trabajado desde que fuera un grumete, siendo apenas un adolescente, hasta que recibió el mando de su propio vapor.

Quizá el “Carpatia” no fuera el más rápido o capaz de todos los navíos que había conocido, pero era su barco.
Esto era así casi literalmente,  ya que desde hacía dos años se había hecho con una participación de la naviera que explotaba el mercante, lo que, en circunstancias normales, le hubiera asegurado un cómodo y lucrativo puesto de trabajo hasta que hubiese decidido poner fin a sus días de marino.

Sin embargo todo aquello pertenecía ya al pasado. El experimentado marino, curtido por la dura vida en la mar, estaba a punto de abandonar su propio barco como si de una miserable rata se tratara, al amparo de la oscuridad y en secreto.
Con aquella acción, no solo estaba arrojando por la borda su carrera y su posición, sino, lo que era mucho más trágico, su reputación y su propia autoestima.

Enfermo de remordimientos, terminó de un solo trago el whisky que aún contenía su vaso, se incorporó y, tras recoger su petate, abandonó para siempre aquella cabina.

No obstante, y a pesar de todo, el capitán no dejaba indefensa a su tripulación.
Durante la escala en Hamburgo, las gestiones de Toivonen para reforzar el arsenal de la nave habían dado sus frutos.
En efecto, a los cinco revólveres (dos Smith & Wesson,  dos Rast-Gasser M1898 y un Webley) y dos fusiles Mauser 98, con los que ya contaban, se les había sumado un importante arsenal consistente en diez pistolas semiautomáticas Mauser  C-96, dotadas de cargador fijo de diez proyectiles de 9 mm., y cuatro subfusiles Bergmann MP-18  con el típico cargador de tambor “Trommelmagazin” con capacidad para treinta y dos balas, también  calibre 9mm., amén de abundante munición para estas sofisticadas armas de última generación.

A pesar de la angustia que le dominaba, en el momento de su huida Toivionen  recordó el dramático encuentro que tuvo lugar en Hamburgo la víspera antes de partir, en dirección al nuevo mundo, desde el puerto alemán.

Durante aquella reunión clandestina, Vangler había insistido en sustituir los eficientes y mortíferos fusiles Mauser, que Toivonen le había encargado originalmente, por los MP-18, argumentando que los segundos serían armas incomparablemente más eficaces a bordo.

El fusil Mauser 98, Gewehr 98 o M98, arma que equipó al ejército alemán  desde principios de siglo hasta la república de Weimar y después a la mismísima policía de la república, destaca por su enorme alcance y gran precisión, siendo idóneo para espacios abiertos y objetivos a medio y largo alcance.  Sin embargo resulta menos efectivo en espacios angostos (como  corredores, cabinas o bodegas atestadas de paquetes de una nave) debido a su mayor longitud y retroceso, entre otros factores.
El MP-18, por el contrario, más corto y con una cadencia de fuego muy superior al M98, al tratarse de un arma automática, resultaba idóneo como arma embarcada, dónde el calibre, el alcance y la precisión no eran factores determinantes a corta distancia.

– He visto con mis propios ojos como unos pocos de estos muchachos limpiaban una trinchera de soldados ingleses durante la gran guerra -, le había dicho Vangler a Toivonen cuando le enseñó la mercancía.- Si hubiéramos tenido unos cuantos más de estos, ¿quién sabe? -, concluyó, con nostalgia.

Toivonen recordó perfectamente como el alemán había sacado entonces uno de aquellos mortíferos artefactos de su embalaje original y, retirando el papel encerado que lo envolvía, se lo había  entregado.
El arma resultaba exageradamente pesada para ser tan corta, algo más de ochenta centímetros de longitud, sin embargo era cómoda de empuñar y fácil de apuntar desde la cadera o desde el hombro.
Olía a grasa, y el negro cubre-cañón relucía con el aceite original de fábrica.

Toivonen puso el seguro en posición de disparo y desplazando la corredera hacia atrás, montó el arma.
El  MP-18  emitió un chasquido seco cuando el gatillo fue accionado.
El engrasado mecanismo reaccionó con energía y eficiencia. Parecía un arma solida y endiabladamente bien construida.

– Cuatrocientos cincuenta disparos por minuto, treinta y dos balas en cada cargador. Lo mejor para los viejos camaradas, directamente de mi reserva personal – Dijo Vangler. – Si quieres detener un grupo de asalto esto es lo que necesitas – Añadió.

– Nunca había visto uno de estos antes – Confesó Toivonen

– Y probablemente tardarás mucho en volver a ver uno – contesto Vangler – Muy pocos pueden ofrecer una maravilla como esta en el mercado negro, y todos ellos dependen de mí para hacerlo. Digamos que soy el proveedor en exclusiva.

– No sé si podría permitírmelo, supongo que uno solo de estos vale más que todo el lote que te he pedido.

El alemán dibujo una levísima sonrisa de complacencia en su cara. Celebraba que un cliente supiera apreciar el valor de una buena pieza.

– Podemos llegar a un acuerdo – dijo distraídamente – ¿Qué tal si te cambio los Mauser por estas maravillas  a cambio de información?. – añadió.

Toivonen sintió como si la tierra desapareciera bajo sus pies. En ese momento se dio cuenta de la situación.

Para aquella reunión, Vangler había citado a Toivonen en un viejo almacén, que no era sino un barracón desvencijado y mohoso, algo apartado del grupo principal de construcciones del puerto.
Abandonado y visitado muy ocasionalmente por borrachos desorientados o por prostitutas baratas con sus clientes, resultaba ideal para transacciones de naturaleza criminal.
No era la primera vez que Toivonen y Vangler se veían ahí para sus negocios, solo que en esta ocasión el alemán se había hecho acompañar de dos hombres además de su hombre de confianza. Algo totalmente inusual.

Al finlandés no le cabía duda de que había más “empleados” de Vangler apostados fuera y todo parecía apuntar a que había caído en una trampa.

– ¿De qué estás hablando? – Quiso ganar tiempo, mientras tanteaba la culata del 38 que llevaba metido en la cinturilla del pantalón.

– Creo que sabes perfectamente de que estoy hablando. Me refiero a esas ratas que pescaste en alta mar hace unos días.

Los hombres de Vangler habían tomado posiciones a los costados y espalda de Toivonen y un sorprendido Mäkinen, quién embelesado por las magnificas armas no se había percatado, hasta ese momento, de la amenaza.
Ahora todo estaba claro. Algún malnacido miembro de la tripulación se había ido de la lengua sobre el asunto de los rusos.

– ¿Quién? – Inquirió el finlandés.

Vangler se encogió de hombros, como quitando importancia al asunto, y miró con intención a Toivonen.

– Eso no importa, amigo mío. Mejor deberías preguntar cómo.-

Aquello empezaba a cobrar tintes surrealistas. Hasta creyó advertir un cierto tono de afecto cuando el alemán pronunció la palabra “amigo”.
Valiente cínico.

Estaba claro, el traficante de armas pretendía hacerse con la custodia de los rusos y cobrar el rescate él mismo. Aquella farsa de mostrar las armas solo había servido para secuestrar al capitán y al primer oficial del “Carpatia” y así allanar el camino al asalto del barco para hacerse con el botín.

– Después de nuestra conversación en “El descanso de Neptuno” comencé a atar cabos. Algo extraño estaba pasando a bordo, o bien estaba a punto de pasar.
Solo tenía que hacer seguir a los hombres de tu tripulación hasta que uno se fuera de la lengua, como así fue.

– Verás, tus hombres son, en su mayoría, muy discretos. Pero hay cierto individuo que cuando bebe más de la cuenta tiende a convertirse en un sujeto inconvenientemente locuaz. Es bastante conocido en este puerto y nadie presta atención a sus majaderías. Sin embargo, y dadas las circunstancias, en esta ocasión decidí interrogarle por mi cuenta.

– No ha sido difícil conocer todos los detalles de esta, permíteme la expresión, esperpéntica historia y la situación en la que esta te coloca.

– Por mí puedes quedártelos. Te aseguro que me harías un enorme favor.- Respondió aliviado el finlandés.
Después de todo aquel inesperado desenlace suponía una salida airosa de la encrucijada en la que se encontraba.

– Aleksis, saca tu arma  con dos dedos. Quiero que la  arrojes cerca de dónde estoy. Sin movimientos bruscos. Kurt, a tu espalda, es de gatillo fácil. – dijo el alemán.

Mäkinen no se movió mientras miraba de reojo a su capitán.

– ¡Tu arma he dicho!. Si tengo que volver a repetirlo yo mismo la arrancaré de tu cadáver. – Dijo en tono autoritario.

Toivonen hizo un ligero gesto de asentimiento y Mäkinen obedeció a regañadientes.

– ¿No quieres la mía también, “amigo mío”?. Dijo Toivonen.

Vangler pareció pasar por alto el tono irónico del que hasta entonces verdaderamente había sido su  amigo.

– Creo que aún no lo has entendido, necesito saber con quién están las lealtades del grandullón. Te juro que aún no se si te es fiel o está con esa chusma a la que llamas tripulación.

Toivonen miro estupefacto al alemán. ¿Qué significaba aquello?.

– ¿Y bien?.-  Dijo dirigiéndose a Mäkinen

El corpulento finlandés clavó una mirada dura en el alemán y respondió:

– Frank y yo haremos lo que el capitán ordene, del resto no puedo responder.

Vangler aguantó la gélida mirada de Mäkinen durante unos segundos, después se agachó y recogió el arma que este había arrojado a sus pies para, a continuación, devolverla a su propietario.

– Un Webley.  Preciso, fiable…Algo pesado para mi gusto, pero un arma excelente.- Dijo, dejándose llevar por su pasión de armero y entregando el revólver.

– Lo siento amigo mío, pero era necesario. – Añadió en tono conciliador.
Ahora quién miraba al alemán con gesto de asombro era Mäkinen.

¿Así que todo aquel teatro era solo por conocer las afinidades el primer oficial del “Carptatia”?.
Toivonen empezó a entender.

– ¡Dejadnos y vigilad fuera!.- Ordenó Vangler a sus hombres.
Dos de los tres escoltas de alemán salieron del almacén y montaron guardia junto a la puerta. Solo el hombre de confianza de Vangler se quedó en el recinto, algo apartado del grupo que formaban los dos finlandeses y el alemán. Entonces Toivonen reparó en que el impasible guardaespaldas sujetaba un pequeño paquete en una mano.

– ¿Eso es todo lo que necesitabas saber? – Quiso conocer Toivonen.

– Supongo que tu actitud y la respuesta de tu segundo lo dicen todo.

– Así que es cierto – Añadió para sí mismo el alemán, mientras movía con gesto negativo la cabeza.
– No sabes quienes son esa gente, si es que se les puede llamar así.
Asesinos despiadados carentes de ningún escrúpulo. Los he visto actuar,  son como animales rabiosos. No tendrán piedad de ti ni de ninguno de tus hombres en cuanto tengan las manos libres.

En la mente de Toivonen se hizo por fin la luz. La intención de Vangler jamás había sido traicionarle.
Sus palabras revelaban miedo. Un miedo cerval, difícil de adivinar en un hombre tan cuajado. Sin embargo no se trataba de miedo por él mismo, sino por el que, sin duda, le era alguien muy apreciado.

– ¿A qué viene todo esto, Hans?, ¿por qué esta pantomima?.

– Debes deshacerte de esos malnacidos antes que de que sea demasiado tarde.  Si llegan a tierras  americanas  estáis perdidos.

– Supongo que a estas alturas ya sabes que eso no está en mi mano.

Vangler miro con una mezcla de tristeza y afecto al finlandés.

– Lo sé, y por ese motivo te ofrezco mi ayuda.

– ¿Ayudarme?, ¿cómo? – Quiso saber el cada vez más intrigado Toivonen.

– Allanando el camino para que recuperes el control de tu propia nave.

A estas alturas de la conversación Toivonen se iba haciendo una idea del tipo de plan que le rondaba por la cabeza al alemán.

– Ya conoces a lo que me dedico. En mi trabajo es necesario saberse rodear de gente resuelta y eficiente.
Subamos a ese cascarón tuyo y reduzcamos a la tripulación, no será difícil. Luego podrás devolver a  esos canallas al lugar de donde los sacaste.

La expresión de Vangler se volvió vehemente mientras relataba su plan a Toivonen.

El finlandés conocía la reputación del alemán y, lo que era peor, le había visto en acción. Si alguien podía llevar a cabo una acción como aquella en ese puerto no cabía duda de que era él.

Toivonen sospechaba que los hombres de Vangler, casi todos ex-compañeros  de armas y todos veteranos de la última gran guerra, eran gente experimentada, letal y, sobre todo, fieles a su líder hasta la muerte.

– Hay gente armada a bordo y están alerta. El enfrentamiento será inevitable. ¿Cómo crees que acabará tu plan?.

El alemán miró con gesto sombrío a Toivonen.

– Habrá algunas bajas, eso es inevitable. – dijo en tono grave. – Por mi parte estoy dispuesto a asumir las de los míos. En cuanto a tu tripulación, ellos se lo han buscado.

Se produjo un largo silencio. Una pausa larga, espesa, cargada de preguntas, la mayoría de  las cuales no necesitaban ser contestadas.
Hacía tiempo que los dos hombres se conocían.  Ambos sabían de antemano como iba a terminar aquella conversación. Sin embargo, y de igual forma, los dos eran conscientes de la necesidad de aquel inevitable trámite.
Aquel acto, casi protocolario,  definía la forma de apreciarse y respetarse de dos seres, de origen, formación, costumbres, mentalidad e, incluso, fortuna,  muy distintas. Pero cuyos caminos habían terminando hermanándoles de una forma que ninguno llegaba llegaría a entender completamente jamás.

El despiadado traficante de armas, conocido por su falta de escrúpulos y cuyo destino y carácter habían sido forjados fruto, probablemente, de las circunstancias y los lances de su azarosa existencia, se estaba ofreciendo de forma desinteresa y casi suicida para una causa que, desde bajo cualquier punto de vista, no podía reportarle beneficio alguno. Más bien todo lo contrario.

Aunque la empresa que acababa de ser propuesta tuviera éxito, y a pesar de que el gobierno del buque pudiera ser recuperado a cuenta del menor número posible de bajas, las consecuencias para el traficante alemán serían negativas para sus intereses.
Una investigación de la policía alemana tras un tiroteo en el puerto, en el que muy probablemente aparecería como implicado, no podía beneficiarle en absoluto, a pesar de que  en ese momento pudiera salir airoso del trance a base de abusar de costosísimas influencias.
¿Y, en todo caso, a cuenta de qué?, ¿de los magros beneficios de la escuálida venta de unas pocas armas?

Tras aquel ofrecimiento sincero de ayuda se escondía la verdadera faz  de un hombre cuya máxima, hasta donde Toivonen creía conocer, siempre fue correr el mínimo riesgo para obtener el máximo beneficio.

– Sabes que no puedo permitirlo, amigo mío – dijo fría y escuetamente el finlandés. –

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